UN SENTIMIENTO CRUEL

He soñado con demonios y dioses oscuros que dejaron sus maldiciones en los ríos, las flores, las aves y en algunos corazones de hombres y mujeres.

Por eso, en ocasiones, me despierto de madrugada y, sin razón alguna, exploto en llanto, y mis lágrimas se convierten en un mar de sangre.

Y cuando consigo calmarme un poco, en el aire se escucha una voz gutural que dice: «Solo el alma sacrificada de un ser enamorado puede aplacar la ira de Lucifer; un cordero al dios de las tinieblas bastará para que esta noche puedas dormir».

Él renace con las ofrendas que los demonios dejan en su altar: de los corazones que aman de verdad.

El Rey de Rumanía ha calcinado los huesos de sus enemigos que, ante su imagen, no osaron postrarse.

Yo, con la esperanza colgando de un hilo, sostengo mi cuerpo y, con rezos al Santísimo, mi espíritu. Sin embargo, mi alma sigue arrastrándose hacia la oscuridad.

Del cuerpo y el alma, el tiempo no dejará registro cuando el fuego consuma el templo donde fueron creados.

Pero si mi alma logra ser consagrada a ella, y mi cuerpo se negara a perecer para seguir amándola, entonces…

¿Habremos vencido a los demonios?

Chicoras.

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