VISITANDO A ALICIA 

Hace tiempo que Alicia no me visita y me preocupé, entonces decidí buscarla para saber si todo estaba bien.

Y esto fue lo que pasó:

Aquel día toqué su puerta. No estaba seguro de lo que encontraría, pero sabía que tenía que intentarlo. La puerta se abrió solo un poquito, y una voz cortante salió de la penumbra:

—Por favor, váyase. No nos gustan los vendedores, no damos limosna, no damos cooperación para fiestas patronales, tampoco aceptamos a los salvadores de ninguna secta religiosa y mucho menos política.

Me apresuré a responder, intentando que mi voz sonara calmada:

—Espere,no se enfade. No vengo a venderle artículos de moda, ni productos de “belleza”, mucho menos a quitarle su tan preciado tiempo.

—¿Entonces, diga qué o a quién busca? —preguntó la voz, todavía fría.

—Busco a Alicia —dije, conteniendo la esperanza.

—¿Quién es usted?

—Soy Chicoras, amigo de Alicia.

—Váyase. Alicia no quiere verlo.

El corazón se me arrugó un poco.

—Está bien,me iré —dije, dándome media vuelta—. Pero antes, dígale a Alicia que ya sabe dónde encontrarme y que el café estará esperando por ella, igual que yo.

Escuché un susurro apresurado al interior de la casa. Justo cuando empezaba a alejarme, la voz me detuvo:

—Espere,no se vaya. Dice Alicia que puede pasar.

La puerta se abrió de par en par y por fin la vi. Y entonces, sin poder contenerme, las palabras me brotaron como un torrente:

—Te recuerdo sonriente, te recuerdo loca, te recuerdo rebelde, te recuerdo libre, feliz… ¡Tú, lo eras todo! Sin embargo, mírate, primavera invernal, es lo que eres ahora. Sombra, alma perdida, cuerpo sin vida. Te subiste en el trenecito de la «felicidad» y después saltaste al abismo, cuando el viaje ya no era tan divertido. Cavaste tu propia tumba y te enterraste en el olvido. Dime, ¿cómo se siente estar en la oscuridad?

Alicia, desde su silencio, respondió con una calma que me cortó el aliento:

—Bien,porque para que haya luz tiene que haber oscuridad.

Bajé la cabeza, porque la amargura de mi discurso me hizo sentir una vulnerabilidad repentina, después de escuchar su respuesta, y continué:

—No sé si soy muy noble,o muy pendejo —confesé.

—En ocasiones, patético —dijo ella.

—Patético sí, pero no —repliqué.

—¿Pero no?

—Quiero decir, no sólo.

—Se sufre cuando no hay respuesta a la pregunta —afirmó.

—Se sufre sí, pero no.

—¿Pero no?

—Quiero decir, no sólo se sufre, también se aprende.

—Se aprende a amar y a querer, ¡ah, el amor! —exclamó con un deje de amargura.

—Sí, pero no.

—¿Pero no?

—Quiero decir, también se aprende a extrañar y a olvidar.

Ella soltó un suspiro que parecía cargar con el peso del mundo.

—Ni que lo digas,basta con dejar de mirarse al espejo.

Quizás, en otra ocasión les cuente más sobre la visita que le hice. Ahora no, porque ya se me terminó el café.

Chicoras.

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