¡Buenos días, tardes, noches o madrugadas, según su geografía!
Reciba usted, de parte de este que le escribe, un abrazo; uno de esos que no curan, pero bien que alivian.
Justo ahora, que en esta geografía el mar está en calma, me entero de que el capitán del navío en el que usted viaja abandonó el barco para unirse a los piratas, llevándose el tesoro que había a bordo.
Una traición inesperada, sin duda.
Bueno, qué más da. Estoy seguro de que, al final, su traición le costará la vida; es decir, lo lamentará.
Ahora bien, si usted me lo permite, haré un par de observaciones:
1. Lo importante no es la riqueza, por ahora.
2. Lo importante es salvar el navío y mantener el viaje.
Aclarado esto, paso a lo siguiente.
Por medio de este conjunto de palabras, le informo que he dado la orden de anclaje para que la tripulación descanse y yo tenga un tiempito para escribir lo que ahora usted lee.
Si usted acepta, puedo cancelar mis aventuras para acompañarla en su viaje. Créame, además de afortunado, sería un honor para mí surcar los mares a su lado.
Por favor, no tarde en responder, ya que los marineros que ahora me acompañan no conocen la palabra «paciencia».
Mientras tanto, veré cómo arreglármelas para entretenerlos. No se preocupe, ya se me ocurrirá algo.
Bueno, me despido y le recuerdo que estaré esperando con ansias su respuesta.
PD: Tengo en mi poder el mapa que muestra dónde se halla exactamente el navío perdido del holandés y su tan codiciado tesoro.
Desde algún rincón, en alguno de tantos océanos.
Chicoras.



Deja un comentario