De madrugada, como es costumbre en esta geografía, de noche se escribe lo que el corazón siente.
También, de noche, los cuentos son leídos.
¡Quien lo haga de día, recibirá una maldición que lo atormentará por toda la eternidad! —así fue escrito por los dioses, los que crearon el mundo, los primeros—.
Querida.
Hace tiempo que quería escribirle unas palabras —todas revueltas, como escribo yo; usted lo sabe—.
Y todo viene al caso, o cosa, según, porque estaba tirando recuerdos que estorban; o sea, que, como quien dice, estaba sacando la basura.
Y bueno, pues entre tanto recuerdo que hiere, encontré algunas hojas. Estaban guardadas, dobladas con cuidado, como se guarda lo que se ama.
Pensé en tirar los papeles; por suerte, me di cuenta de que la fría noche estaba por abrazar mi esquelético cuerpo y hacerlo danzar cual marioneta, y mejor decidí guardarlos.
Me dispuse a prender fuego y salí a recoger leña. Regresé a mi refugio e intenté prender fuego para que me alejara de los brazos de la noche fría, esa que muerde los cachetes como amante obseso.
Y ahí estaba yo: soplaba y soplaba hasta quedarme sin aire, y el fuego nomás no encendía. Entonces recordé que había, por algún lado, unos papeles guardados, y que serían de gran ayuda para que el fuego, por fin, naciera.
Así que busqué y encontré lo que me salvaría del congelado baile. Regresé y seguí intentando; cuando por fin vi una chispita, desdoblé una hoja dejándola a la mitad y eché un poco de aire para animar a crecer a la llamita.
Entre el ir y venir de mi débil mano, pude ver cómo el fuego crecía y, por ello, me di cuenta de que aquella hoja tenía algo escrito. Cuando, por fin, el fuego había crecido lo suficiente, dejé la hoguera en paz.
Puse a recalentar el café y, mientras llenaba la pipa con la poca ración de tabaco que quedaba, escuché el zumbido de los insatisfechos mosquitos. Pensé en prender la pipa para ahuyentarlos, pero me detuve —después de todo, por estos rincones se acostumbra alimentar al hambriento—. Así que dejé a un lado la pipa y me dije a mí mismo: a nadie le hace mal un poco de compañía.
Ya con el fuego ardiendo, una taza de café caliente y los malditos huéspedes embriagados con el poco vino que quedaba en mí, desdoblé por completo la hoja de papel que ocupé para avivar el confortable fuego.
Sostuve la hoja con una mano e inicié la lectura: “A veces, hay que saber recogerse en sí mismo por completo, como las tortugas”.
Demian.
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Así comenzó Alicia a escribir el texto que, creo yo, había de ser para mí, porque después de aquella frase viene la dedicatoria que a continuación escribo: “Para aquel que come cuando nadie está mirando”.
Después de unas cuantas horas y de estar escuchando el silbido del viento, terminé de leer lo que Alicia dejó escrito en aquellos árboles convertidos en papel.
Tal vez algún día le enseñe esos escritos que han dejado marcas en mi existencia.
Quizá en un tiempo le muestre una fotografía de la autora de dichos textos.
Por ahora, solo puedo decirle que ya sé cuál es el mejor regalo que uno pueda recibir, y es —aquel que no tenga forma de agradecerse—.
Querida, ojalá algún día pueda yo darle un mejor regalo; por lo mientras, puedo ofrecerle café, con cafeína, claro.
No es mucho, pero en noches frías de soledad, el café puede ser un buen compañero.
¡Vale, salud!
Y recuerde lo que dejó escrito Alicia:
“A veces, hay que saber recogerse en sí mismo por completo, como las tortugas”.
Chicoras.


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