ENTRE LUCIERNAGAS, RANAS Y RECUERDOS

La noche, en su soledad, cubre ya con su manto oscuro la cueva donde mis huesos descansan.

Junto a la hoguera, mi espíritu se reconforta con el fuego que nos regalaron los dioses más antiguos, los primeros, los que nacieron el mundo.

El suave y lento silbido del viento acompaña el croar de las ranas, que tristemente cantan melodías de desamor.

Las luciérnagas que viajan hacia el sur, en su paso por esta geografía, se suman al coro y, con una luz tenue, iluminan el estanque sagrado, mientras los anfibios, con su canto, recuerdan a los amores que se marcharon para no volver.

¿Y yo? Bueno, yo estoy liando un tabaco que habrá de acompañar el café y los recuerdos que tengo de ella, aquella que por cabellos lleva enredaderas.

Enciendo el cigarrillo. Ella aparece. Su cara es nueva; sin embargo, su forma de expresarse me hace pensar que la conozco más de lo que los calendarios puedan contarme.

El cigarrillo sigue quemándose y, en cada bocanada, su rostro vuelve.

Por momentos, mis pensamientos son confusos.

Mis oídos ansían escuchar su voz.

La impaciencia crece con cada estrella que se apaga y su ausencia quema, como quema el dolor de las heridas ya cicatrizadas.

El tiempo se alimentó de mí, me tragó y ahora me vomita de vuelta al pasado.

Mi aliado me ha dado la espalda, me abandonó en el lugar más inhóspito del universo. Me ató de pies y manos, me puso una venda en los ojos y me arrojó al vacío. Y, con ello, sentenció: «Mi venganza será divertida».

De mi desgracia brotó una pequeña lucecita, una sonrisa; y, con las pocas fuerzas que en mi corazón sentí, grité el nombre de mi amada. Al viento le pedí que soplara muy fuerte para que el grito se llevara hasta la geografía donde está ella, para que sepa que su presencia me hace falta.

PD: Aunque me digan que es lo contrario, mi corazón sabe bien que ella es real y no un espejismo.

Chicoras.

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