SUEÑOS Y SONATAS

SUEÑOS Y SONATAS

Anoche me fui a la cama y me dormí como de costumbre.

Me coloqué los audífonos y, en los archivos de música, busqué una canción que me ayudara a conciliar el sueño de manera más rápida.

Encontré una en particular, pero no tenía título. «Tal vez la descargué tan deprisa que no tuve tiempo de ponerle nombre antes de guardarla», pensé.

Así que la puse, cerré los ojos y, pasados no sé si diez o quince segundos, comenzó la música: lenta y con un sonido muy suave. Quedé encantado con lo que entraba por mis oídos. «Música para el alma», dije mientras suspiraba.

No tengo idea de cuánto tiempo sonó aquella dulce melodía. Lo único que recuerdo es que, en mi sueño, vi una sombra negra en forma de fuego que bajaba por la esquina de la pared. Venía hacia mí con la intención de llevarme, ¿a dónde? No lo sé.

No tenía rostro alguno; solo se le dibujaba una sonrisa que reflejaba maldad pura.

Mientras escribo, la imagen de aquella monstruosidad se hace presente, y ahora que lo recuerdo, ya la había visto en otro de los tantos sueños que he tenido.

¡Sí, estoy seguro de que es el mismo!

En aquel sueño, recuerdo haber despertado y echado la mirada hacia la puerta. En la entrada estaba un niño de pie. Lo miré por unos instantes y, mientras lo hacía, levantó su mano derecha y con el dedo índice apuntó hacia la misma esquina de la pared donde, por segunda vez, vi a aquel ser siniestro.

«¡Tal vez deberías ir a la iglesia!», reclamó mi subconsciente.

Esta tarde visité a Alicia. Le conté sobre mis sueños y lo que mi subconsciente me había reclamado.

Alicia me miró con ternura y me dijo: «Soledad».

Después, con la tranquilidad que la caracteriza, continuó diciendo: «No busques en otros lo que ya existe dentro de ti».

Yo me quedé pensando en eso que acababa de decir, sin comprender a qué se refería. Y cuando estaba a punto de preguntarle, interrumpió con una voz suave como pétalos de rosa y dijo:

«Chicoras, querido, ¡como los topos, aprende a mirarte el corazón!».

Me quedé reflexionando por un instante y, cuando reaccioné, Alicia se había marchado sin despedirse, como suele hacer siempre.

Ella dice que para qué se despide, si tarde o temprano ha de volver.

¡Y siempre lo hace!

Chicoras.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.