En antaño, aún lo recuerdo, mi vida era pura diversión y en ella se convertían todos los sueños, como cuando la conocí y mi corazón latió al besarla por primera vez.
Ese día, con una sonrisa en el rostro, recorrí en bicicleta todos los caminos del pueblo donde nací. Lleno de alegría, anduve así por mucho tiempo. Pero una mañana de abril desperté y sentí la realidad, porque ella ya no estaba; se había ido lejos, muy lejos de allí.
Esa noche sentí su ausencia sobre mi espalda —la encontré amarga— y la bendije.
Y así estuve mucho tiempo, escapando de las brujas, de sus hechizos, de su sed de sangre; sin embargo, fue a ellas a quien confié mis secretos.
De mi espíritu desapareció todo sentimiento humano: estrangulé la alegría, enterré el amor y dejé escapar a la feroz bestia para que acompañara a la oscuridad.
Invoqué a los demonios para poder pactar mi libertad.
Invoqué a las calamidades para refugiarme en su destrucción.
La desgracia, con felicidad, me condujo así a la horca.
Y cuando estuve a punto de lanzar mis últimas cartas, busqué la sonrisa perdida para ver si ella me recordaba lo que antes fui.
La salvación no es más que una simulación para comprar y vender almas al mejor postor.
«No importa cuánto te maquillen, seguirás siendo un monstruo…», repiten los demonios mientras me adornan con huesos.
El otoño me ha negado el calor, la sonrisa, la mirada y los brazos de mi amada, aquellos con los que en los fríos inviernos me cobijaba con su amor.
Y por eso hoy me pronuncio contra la injusticia.
Querida muerte, te lo exijo: ¡deja en paz a las almas que se aman!
Chicoras.


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