Anastasia: ¿Cómo estás?
Yo: Como lo que escribo: desnudo.
Anastasia: El calor, los amores.
Yo: La libertad, la soledad.
Anastasia: ¡Se sufre!
Yo: Se sufre, sí, pero no.
Anastasia: ¿Pero no?
Yo: Quiero decir, no sólo.
Conocí a Anastasia un día de verano, cuando el sol quemaba la piel como queman las ansias por no tenerla. El calendario marcaba julio. En el cielo había nubes tristes que amenazaban con llorar. En la cantina de la esquina se servía el último trago, que sería bebido por el último cliente antes de que cerrara para siempre. La última mantecada, comprada en la panadería de Don Martín y regalada a un niño huérfano que vivía debajo del puente, era devorada con fervor por el menor. Familiares y amigos le daban el último adiós al viejo bolero, que dejaba impecables los zapatos de sus clientes, tanto que en ellos se reflejaba lo azul del cielo, y que acababa de morir.
«Cuando yo muera, no lloréis por mí. Llorad por sus majestades y rogad al Creador que os salve de este mundo chambón y jodido», solía decir el viejo.
Mientras muchas situaciones ocurrían afuera, yo estaba encerrado en un cuarto blanco, atado a una silla. Una sábana blanca envolvía mi esquelético cuerpo. En el aire resonaba el eco de una voz que pedía perdón por haber dañado a un corazón sincero. Mientras esa boca hablaba, unos labios temblorosos esperaban encontrar las palabras certeras para poder obtener el perdón.
«¡Perdonadme! El tiempo ha pasado, deberías olvidar lo sucedido», rogaba el arrepentido.
«¡El tiempo ha pasado, sí, pero aún duele la cicatriz! Las súplicas de nada sirven cuando las heridas son profundas», replicó el ofendido.
De pronto, la conversación que tenía lugar en la habitación fue interrumpida cuando la puerta se abrió. Fueron ellos, los guardias que cuidaban el pasillo de aquel frío lugar, los que abrieron la puerta: un par de gemelos asesinos que disfrutaban viendo el sufrimiento de todos los que vivíamos en el olvido.
Unos pies con pisadas firmes se acercaron sin prisa al rincón donde me encontraba. Una mujer, con olor a libertad y voz angelical, me susurró al oído conjuros mágicos que me llevaron en viajes a través del universo. Mi mente por fin era libre, pero mi cuerpo era aún prisionero de aquel infierno, del olvido, de los gemelos asesinos que se alimentaban de mi dolor para poder seguir vivos.
Algo tenía que hacer; no podía dejar que ese par siguiera alimentándose de mis miedos. Así que, una noche, mientras la luna se vestía de plata y las estrellas le cuidaban la espalda, recordé los conjuros que aquella fémina me había regalado. Achiqué mis miedos, abracé mi corazón, miré mi interior, me encogí como las tortugas y, uno por uno, pronuncié en cánticos los hechizos que en mi mente rondaban. Así fue como me liberé; así fue como rompí un mundo para poder nacer.
—
Ahora, aquí, es de madrugada. El café y el tabaco mandan en esta noche de desvelo. Los caracoles que caen en forma de cabellos los guardo en la memoria, junto a las palabras que Anastasia me dejó: «Para que recuerdes lo que falta», me dijo.
¡«Julio, también es mañana»!
Y se fue.
Chicoras.


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