ALICIA

ALICIA

Antes de partir, de salir de casa, de dejar aquel lugar maravilloso, conocí a una mujer: Magdalena.

Ella, Magdalena, bebió todo el vino que quedaba y también fumó todo el tabaco que yo guardaba, y se marchó como una pálida sombra…

Años más tarde, conocí a otra mujer. Ella me dio a beber del mismo vaso del que bebía, y fumé también del mismo tabaco que llevaba entre los dedos de su mano izquierda.

El invierno quemaba la cara y partía los labios, como cuando un adiós parte el corazón.

Llegó sin prisa, con paciente caminar. Sus pasos suaves acompañaban la caída de las hojas que el viento arrancaba de los árboles, y que la nieve cubría poco a poco.

Cuando por fin su camino terminó justo donde yo estaba sentado, se paró frente a mí, me miró a los ojos y, con serenidad, exclamó: «¡Yo sé de qué has hablado con la oscuridad!».

Y continuó su palabra, diciendo: «¡Yo soy ese reflejo que aún no te atreves a ver en el espejo; sabes que existo, pero no quieres aceptarlo. Ese miedo que guardas te impide romper el mundo; ese miedo no te deja nacer! Infinita será tu tristeza, y el vacío que llevas en el alma también lo será, si sigues negando lo que realmente eres. Por años te he buscado por varios universos, hasta que por fin te encontré. Ahora que lo he hecho, no puedes ignorar que existo y que soy parte de ti, que ambos somos lo mismo, uno».

Sus palabras me sonaban familiares, como si las hubiera oído antes, en algún lugar, o tal vez en alguno de tantos sueños que tuve.

Mi reacción fue de sorpresa; no supe qué decir. Sus palabras me dejaron en trance, transportándome a un lugar entre el cielo y el tormento. Tenía que ser un sueño, o una alucinación causada por la soledad que cobijaba mi ser.

De pronto, la realidad me estalló en la cara como furiosas olas en las rocas.

De mis perdidos ojos surgió un brillo que jamás había experimentado; el color de mi piel volvió a ser el mismo, y volví a sentir el aire invernal que no daba tregua a las personas sin techo.

Volté la mirada, y allí estaba ella, frente a mis ojos, aclarando lo que durante muchos años había sido confuso.

Nuestras miradas se cruzaron para sentir el alivio del dolor que la distancia había causado.

Extendí mi mano para alcanzar la suya, pidiéndole que me ayudara a comprender más de lo que ya había hecho yo.

Con un gesto semejante a una sonrisa, me tomó de la mano y, con dulce voz, me dijo: «Ahora, juntos, marcaremos el sendero que habremos de andar». «No me sueltes», le pedí.

Y desde ese día, camino a su lado y me canta canciones de cuna cuando nadie más lo hace.

Su nombre: Alicia.

Chicoras.

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