EL VIEJO EDGARDO

Conocí al viejo Edgardo una fría mañana, cuándo el calendario por esta geografía marcaba Mayo. El rocío aún cubría las casitas de adobe que la madrugada había dejado. 

Aquella mañana, como todas, me levanté con la luz del Alba, como de por si se acostumbra hacer por estos lares, me puse unas viejas botas que un compa me regaló, tomé mi ración de tabaco y con la morraleta al hombro, agarré camino. La Luna, tímida, de a poco se iba perdiendo en el firmamento. El café, quedó pendiente. 

En el aparato de sonido, se alcanzaba a escuchar una canción que la radio comunitaria tocaba, «ay que yo no haría» del compa Kelvis Ochoa. Mientras me alejaba de mi champa, tarareaba la canción, pensando en la ella. Las aves se unieron a la bulla con alegres cánticos. Juntos recorrimos el camino hasta llegar a la milpa, ellos volando y yo caminando. Todos alegres cantando.

El Sol se asomó lento, como si tuviera pena y con sus rayos de luz, besó cada gota de rocío hasta hacerlas desaparecer. Al ver como aquellas gotas desaparecían dejando un fresco aroma, cerré los ojos y me imaginé evaporandome lentamente en los labios de la ella, aquella que por cabellos lleva, enredaderas con flores de campana.

Cuándo estaba por desaparecer como una gota más, escuché unas pisadas, abrí los ojos y vi a un hombre acercándose, caminaba encorvado, como si estuviera buscando algo que había perdido. Esperé a que se acercara, para preguntarle si podía ayudarle en algo. Cuándo por fin llegó donde yo estaba, me di cuenta que no buscaba nada, que era un hombre ya de juicio (cómo aquí le decimos a las personas ya mayores), y que así caminaba de por si, como si trajera cargando en la espalda todo lo vivido. 

Antes de decir mi palabra, el viejo Edgardo se adelantó: «Ejem, la noche te alcanzará y el trabajo no acabarás», continuó su palabra, «vamos, te daré una ayudita», y remató, «en colectivo es mejor». 

Yo no dije nada, agarré el azadón y me puse a darle al trabajo.

Mientras arrancaba las malas hierbas para que la milpa pueda crecer, me quedé pensando en lo que el viejo Edgardo me dijo, eso de que; «es mejor en colectivo». Para ser sincero, no pude abrir el regalo que me había dado, así que, le pedí que me ayudara y que él mismo me enseñara que había dentro. Aceptó diciendo: «Lo haré, para que aprendas que para tener certezas, primero hay que tener dudas».  Y así lo hizo, me mostró el regalo, yo quedé maravillado con aquello que me obsequió.

Con cada minuto que pasaba, el Sol quemaba la piel, como queman las ansias por tenerla.

El viejo Edgardo se echó a caminar hasta alcanzar la sombra de un encino. Me miró de lejos y en silencio me llamó. Igual que él, caminé para sentir el fresco. Cuándo por fin llegué donde él estaba, me dijo: «El silencio habla cuando la boca calla, al igual que la mirada». 

¡Ah, su mirada!

Que se clava, como daga, en mí corazón. 

Yo me quedé en silencio, para que él pudiera continuar con su palabra. Así permanecí y el pudo seguir. «¿Ya piensas ya en el amor?», -me preguntó-. No, bueno, un poco sí, -respondí- y continué; resulta que le eché un mí ojo a una mujer, pero creo que ella todavía no se da cuenta y por más que he tratado de que lo sepa, pues nomas no. Y entonces, no sé cómo hacerle para no seguir con esta angustia que me arrastra y me ahoga en su profundidad. 

El viejo Edgardo me miró y con voz de juicio, me dijo: «No busques el amor en otro ser, por que ya existe en ti, deja que fluya, que arda como el fuego, para que cuando alguien te toque, se encienda»

Yo me quedé pensando.

De pronto, el viejo Edgardo metió la mano izquierda en la bolsa de su pantalón, sacó un pañuelo rojo y con mucho cuidado agarró una fotografía, me la enseñó y me dijo: «Por que aunque uno no quiera, siempre se vuelve al primer amor». Miré con atención el retrato, en el pude ver a una mujer muy chula, ¿quién es ella?, le -pregunté-. El viejo Edgardo me respondió con voz acalambrada, ella es Malena, mí primer amor. ¿Dónde está ella?, le pregunté sin darme cuenta que sobre los surcos de su cara corrían lágrimas. El viejo Edgardo secó sus ojos con un pañuelo que yo le dí, cuándo terminó de hacerlo, me devolvió el pañuelo y después de agradecerme, tomó aire, soltó un suspiro y me dijo: «Un día desperté y ya no estaba, con silencios me dijo ya nunca, es decir, adiós». 

El fresco podía sentirse por todo el campo. Los insectos, los pájaros y otros animales (sin agraviar), buscaban un lugar para esperar el cobijo de la noche. 

El viejo Edgardo guardó la fotografía envolviendola con el pañuelo. Agarré el azadón, y antes de cargar mi morraleta, saqué el tabaco que tenía guardado, con silencios se lo ofrecí al viejo Edgardo, con miradas aceptó, lo agarró y comenzó a prepararlo mientras caminábamos. En el camino de regreso, el viejo Edgardo y yo, no pronunciamos palabra alguna, dejamos que el tabaco y el silencio fueran nuestros compañeros.

Cuándo llegamos al pueblo, ya la noche mandaba.

Cada uno tomó su propio camino. Mientras se perdía en la oscuridad, alcancé a escuchar su posdata: «Toda forma de amor vale la pena». 

Por fin, estoy de vuelta en casa, ahora podré tomar el café que tengo pendiente y buscar la manera de que la ella, se encienda. 

Así fue que conocí al viejo Edgardo aquella mañana de Mayo. 

Chicoras 

Mayo 2020

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