Siempre que miro su fotografía, olvido el tiempo. Los demonios que tengo dentro se apaciguan y se convierten en palabras para ser escritas.
Pero es inútil: por más que trato, no consigo hacer que mis dedos obedezcan. Algunas palabras, por no escribirlas, desaparecen; otras se quedan ahí, revoloteando; otras más se pelean y se comen entre ellas.
El cuerpo me tiembla, las manos sudan y los dedos, antes de quedar paralizados, solo alcanzan a escribirle un «hola».
Ella siempre lee ese «hola», pero nunca responde. ¿Será porque a ella también le tiembla el cuerpo y se le paralizan los dedos?
Desde el encierro, en el primer año de la pandemia.
Chicoras.


Deja un comentario