EL DÍA QUE COMENZÓ LA SUERTE

«Escribe cuando tengas necesidad de hacerlo».

Me dijo Alicia una tarde de otoño, cuando las hojas de los árboles se tornaron de color marrón. El viento mecía las ramas como acariciándolas, y las hojas, al caer, tocaban suavemente el suelo. Aquello parecía el encuentro de dos amantes que se tocan después de una larga espera.

Hoy tengo la necesidad de guardar sentires que me han hecho vibrar, que han creado en mí un tsunami de emociones.

Hace un tiempo, años más, años menos, la vi una mañana fresca de verano mientras caminaba por el andén del metro angelino. Quise hablarle, pero el miedo me tomó prisionero y nada pude hacer.

Cada día que pasaba, le pedía a la vida que me cruzara en su camino. Poco importaba si se fijaba en mí; lo único que yo quería era verla. La vida escuchó mis plegarias y, durante un tiempo, la veía todas las mañanas. Desafortunadamente, por cuestiones laborales, mi horario cambió y ya no pude verla. Anduve triste.

Pasado un tiempo, volví a retomar el horario laboral que tenía antes. Mis esperanzas de volver a mirarla regresaron, desempolvé las emociones que durante mucho tiempo guardé y, con una sonrisa, asusté a la tristeza.

Y pasó. Una tarde de primavera, subí al autobús sin saber que ella también lo haría. Mientras yo esperaba, no me di cuenta de que ella estaba ahí también —tal vez fue porque estaba distraído con el teléfono—. Sí, eso fue, ahora lo recuerdo: cuando el autobús se puso en marcha, levanté la cabeza y, al girarla hacia la parte trasera, nuestras miradas se cruzaron. Los dos sonreímos. Ese fue el día que comenzó la suerte.

Por alguna razón, volví a perderle la pista.

Hay muchas cosas que no comprendo. La gente dice que las cosas pasan por algo; bueno, yo quisiera entender qué es ese «algo». Porque si logro descubrirlo, tal vez de esa forma se me haga más fácil coincidir con ella con más frecuencia.

Les decía que, después de regalarme una sonrisa, volví a perderle la pista. Y por si fuera poco, llegó el COVID, y las esperanzas de volver a verla se esfumaron. Otra vez regresó la tristeza.

Así anduve un tiempo, hasta que la vida la trajo de vuelta. Volví a encontrarla y entonces tomé la decisión de hablarle. Vencí al miedo y, con voz temblorosa, le pregunté su nombre. «Katia», me dijo. Le di mi nombre y también le confesé la alegría que me daba volver a verla. Quería decirle más, pero los nervios me traicionaron y ya no pude hacerlo.

Dos días después nos encontramos, pero solo nos saludamos con las miradas. Tenía ganas de hablarle, pero había demasiada gente en el vagón y preferí no hacerlo, porque no me gusta que escuchen mi conversación.

Espero que pronto pueda volver a verla para que podamos conversar nuevamente, aunque sea un poquito.

Chicoras.

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