Fueron sus ojos los que me vieron y me hicieron prisionero. Desde ese día, cautivo quedé en ellos; y, para ser sincero, arrojé la llave muy, muy lejos, porque ser libre no quiero.
Ella sabe que la quiero, pero al parecer, en su numeración, yo para ella soy cero. Quiero que termine pronto el castigo que de ella recibo, para poder darle un beso en su ombligo.
Toda la culpa es mía por haberla perdido. No tengo manera de hacer que regrese; pero, si la ven, díganle que si le hace falta o le apetece, en casa siempre habrá té y abrazos.
Durante el día y la noche la pienso, la extraño. Porque aún quedan en mí restos de su humedad, porque mi espalda extraña sus labios. Porque ahora que mis ojos no la miran, todo el tiempo tienen hambre.
PD: De alguien que extraña —Porque de ella soy, y si no la tengo, muero.
Chicoras.


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