Hoy la vi pasar. Yo estaba escondido tras la pared, viendo el café de sus ojos y su piel. Como un albatros hacia ella va mi amor, pero ella no lo siente, porque ignora que la amo.
Cuando llegó a mí, me enredó con el negro de sus cabellos, convirtiéndome así en su prisionero. Ahora que ella decidió volver, también yo lo hice: volví a dar sus aceitunas, como los olivos palestinos.
Su amor es el Sol que alimenta las plantas de mi existencia, y de su esencia sigo impregnado. Por las noches me queman las brasas rojas de sus labios cuando me besan.
De madrugada despierto pensando en ella. Me imagino a su lado, tumbados de noche bajo el cielo, viendo estrellas fugaces, amando el silencio que nos regala la oscuridad.
Mi amor cada día crece, y ella está tan lejos. ¡Qué crueles son sus olvidos y este ardor! ¡Ay, ay, ay, qué desgraciado soy! ¡Ay, ay, ay! Pero, ¿qué puedo hacer, si soy de ella?
Chicoras.


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