«Somos pequeñas historias que algún loco escribe en un libro de páginas infinitas».
– Anastasia –
Diciembre, madrugada. Y aquí estoy, recordando a la mujer que llegó un día de verano para calmar el frío que alguien más me dejó en el corazón. La noche manda ya en esta geografía, y el cuerpo exige su ración de tabaco y café; faltaba más. Mientras el fuego se aviva para calentar el café, yo me preparo un cigarrillo con el poco tabaco que me queda.
Prendo el cigarro y, en las primeras bocanadas, los recuerdos comienzan a llegar de a poco. Me dan vueltas sobre la cabeza, como moscas a la miel. Los colores de su uniforme, la escuela, las maquinitas, las conversaciones, las veces que, montados, volamos en el escarabajo. Parece que fue ayer, pero no; la realidad es otra.
Y todo esto viene al caso, o cosa, según, porque he vuelto a ver a esa fémina que por ojos lleva girasoles, y a la que los dioses le pintaron la piel de color café: el mismo al que mis labios habrán de aferrarse para beber, sorbo a sorbo, hasta que desaparezcan todos los inviernos habidos y por haber. Así es como deben terminar las historias de amor… ¿“Terminar” dije? Comenzar, corrijo.
El café está listo. Ahora podré calmar un poco el frío de esta madrugada. En mi boca se dibuja una sonrisa ancha; con suspiros al viento, la recuerdo al escribir. Busco el reflejo de mi rostro en el espejo para ver si regresó —lo perdí el mismo día que no supe más de ella—. Doy gracias al espejo por haberla guardado, y también gracias doy a mis ojos por tenerla cautiva.
Un viento suave se cuela por una rendija y moldea, como un escultor, el humo del cigarrillo, soplando de un lado y de otro, de arriba hacia abajo, hasta alcanzar la forma de un rostro: la cara que por primera vez vi, y que me dejó atónito al ver lo bella que era ella —aún lo es y siempre lo será, ante mis ojos—.
Fue un día soleado cuando la encontré; lo recuerdo bien. Mientras caminaba para ir a no sé qué lugar, quizá —sin saberlo—, a mi alma le hacía falta un poco de luz. Es decir, me hacía falta ella, como ahora. Desde ese día, cautivo soy de sus ojos.
Doy gracias a mis pies por haberse apresurado a encontrarla. Tal vez, si no lo hubieran hecho, jamás hubiese podido tomarla de la mano, caminar a su lado, verla sonreír, escuchar su voz. Queridos pies, les agradezco de corazón, porque sin ustedes no hubiese sido posible abrazarla y darle un beso en la frente. Gracias.
Ahora mis manos, en el humo, su cara vuelven a tocar. Ahora su luz vuelve a alumbrar mi oscuridad. Justo cuando parecía que todo estaba perdido, que no había más esperanza, que al fin la oscuridad ganaría, regresa ella para darme paz: aquella paz que un día el invierno me arrebató. Justo cuando la llama del amor estaba por extinguirse, aparece ella. Ahora mis grillos vuelven a cantar.
No sé cómo es la historia que ese loco escribió para ella —tengo esa duda—, pero también tengo certezas. Una de ellas es que elegí un amor imposible, porque los posibles ya los elegí y perdí. Y mientras tenga esa certeza, seguiré tratando de componerle un verso con un simple “te quiero”.
Tengo que confesar que cuando terminé de escribir “te quiero”, me quedé dormido por un instante. Y mientras dormía, tuve un sueño…
Soñé que ella me besaba, y que yo de sus labios bebía el licor hasta que ya no podía mantenerme en pie. Y ella vigilaba mi sueño mientras yo dormía. Y al día siguiente, ella bebía todo el café de mis labios.
Cuando recuerdo el sur, suspiro, porque ahí está ella: aquella que por cabellos lleva una cascada. Y mientras suspiro, su recuerdo llega como torbellino y me hace girar, igual que gira la cuchara del café.
Porque si algo he de confesarles, es que cuando ya estaba en la pendiente, al borde del abismo, y mi vida se estaba convirtiendo en un cementerio, llegó ella y lo convirtió en un jardín lleno de girasoles. Por eso ahora parezco mascarita, porque con su llegar, ahora en mi vida todo es carnaval.
Ya casi se va la madrugada, aquella que me hace sincerar. En ocasiones la bendigo, porque en su encanto me pierdo escribiéndole a ella, aquella que por ojos lleva lucecitas que alumbran mi oscuridad.
Porque si de algo estoy seguro, es que quiero mojarme en esa su lluvia. Porque cuando me habla, tiemblo. Sí, tiemblo, porque me imagino quitándole los miedos, dibujándome en su cuerpo, que mi piel es sombra en la suya y que me enseña a quererla.
No sé si hago mal por amarla, que mi piel quiera tocarse con la suya. Tal vez solo sean trampas de la imaginación.
Ahora bien, ¿y si no lo son? Es decir, ¿qué debo hacer? ¿Tocar su puerta y entrar, o seguir asomándome por la rendija?
Porque resulta que aquí adentro está muy oscuro; me hace falta una lucecita. Y quizás esa lucecita seas tú.
PD: De alguien que busca. Amanece, y tu nombre se me escapa en la fugaz travesura de un suspiro.
Chicoras.


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