LOS TRES NAUFRAGIOS

I. Alguien que se despide.

Me voy, pero te dejo mi amor para que, cuando te hagan falta fuerzas, te alimentes de él. Mis brazos, para que ahuyentes el invierno. Mis piernas, para que las confundas con las tuyas. Mis pies, para que sepas el camino que andaré.

Te dejo mis ojos para que sigas reflejándote en ellos. Mi voz, para que siga pronunciando tu nombre. Mis labios, para que calmes tu sed. Mis cabellos, para que puedas enredarte en ellos cuando quieras un poco de paz.

Me marcho dejándote nuestras caminatas por el parque, las conversaciones nocturnas que tuvimos, las horas de café y mis sentires también, para que te alivien en horas de angustia. Espero que no las tengas, pero eso es inevitable.

Los navíos que me trajeron a tu geografía aquí se quedan anclados, por si algún día te animas a emprender el viaje a ningún lugar. Mi brújula también te la dejo, para que te guíe cuando no sepas qué dirección tomar.

Mis esperanzas las dejo colgadas en tu armario, envueltas con sábanas blancas de satín. Úsalas cuando las tuyas se hayan acabado. Te dejo los suspiros que guardé y un coro de grillos, para que por las noches te canten canciones de amor.

P.D.: DE ALGUIEN QUE ESPERA: Quiero volver a verte cuando el aire moje su pincel para pintar la primavera.

Hasta pronto.

II. Alguien que dice adiós.

Me llevo los besos que nunca me diste cuando estuve dormido, las cartas que escribiste y que no recibí, las canciones que cantaste y que no me dedicaste. Me llevo los abrazos que no fueron para mí y las noches que no miramos las estrellas.

Se van conmigo los sueños que soñaste donde yo no estuve, los recuerdos donde yo no existo, el tiempo que no pasamos juntos, el humo de tabaco que no ardió. El deseo y las ganas que nunca tuviste también me las llevo.

El insomnio y los desvelos que no pasaste pensando en mí también me seguirán; estoy seguro de que de algo me servirán. Me llevo los jardines de flores que no plantamos y los días bajo la lluvia que juntos no caminamos.

Me llevo las caricias que nunca me diste, el tiempo que conmigo no estuviste, las promesas que no hiciste. Me llevo tus miradas que no me vieron, la sonrisa que no pude dibujar en tu boca y también las espinas de las rosas que no te regalé.

Quisiera escribirlo todo, pero las palabras no alcanzarían. Y ahora que los caballos salvajes dejaron de correr sobre mis mejillas, estoy listo para irme. Tengo que juntar leña, café y tabaco para calentar el cuerpo en los próximos inviernos que están por llegar.

P.D.: DE ALGUIEN QUE OLVIDA: Adiós.

III. Alguien que olvida.

Septiembre camina a paso lento, como no queriendo acabar. Yo también voy lento, como no queriendo ir, pero tengo que.

Igual que un día lo hizo Alicia, yo también me embarcaré en el viaje hacia el olvido. He quemado todos mis navíos, excepto uno. Lo guardé para la última travesía porque estaba seguro de que algún día me tocaría ir en busca de Paz, esa señora que desde hace mucho tiempo anda ausente y que tanta falta me hace. Estoy seguro de que habré de hallarla en otras geografías, muy otras, porque éstas, igual que el invierno, se negaron a darme primaveras.

Empaqué solo lo necesario, porque el viaje será largo, y mientras más ligero sea mi equipaje —es decir, los recuerdos que tengo de ella—, más fácil llegaré a mi destino. Allá, donde mis palomas volverán a ser libres y podrán tocar las nubes cuando levanten el vuelo. Allá, donde mis insectos y mariposas habrán de alimentarse de hojas y néctar de nuevas flores. Allá, donde mis manos se dibujarán en otra piel. Allá, donde sí existiré en los sueños de alguien.

Durante el viaje, iré tirando poco a poco el equipaje que conmigo llevo. Los sueños donde la soñé no volverán a ser soñados. Las fotos, no, porque esas ya las quemé. Las cartas no romperé; intactas dejaré, para que cuando otro hombre a su amada las dedique, una sonrisa en su boca se dibuje. Los desvelos que alguna vez fueron para ella, ahora serán para acompañar a la noche en su desnudez. Al calor del café y el humo del tabaco, volveré a conversar con Soledad; estoy seguro de que al verme, su corazón se alegrará.

Como un crío que comienza a caminar, hoy di el primer paso para embarcarme en el viaje hacia el olvido. El almanaque de esta geografía marca 13 de septiembre, madrugada. El insomnio me acaricia los ojos, el café besa mis labios y el tabaco —compañero que en las noches me acompaña en cada escrito—, en bocanadas, ahuyenta el frío que se cuela por las rendijas del corazón.

Mis palomas eligieron esta fecha porque no quieren quedarse a merced del invierno, es decir, de su indiferencia. Además, mi estrella me aconsejó hacer el viaje porque dice que la Luna jamás alumbrará la geografía que ando.

Así que no tengo nada más que hacer en su calendario y en su geografía —aunque no estoy seguro si alguna vez anduve en ellos—. Hay días en los que pienso que todo lo que fue tan solo lo soñé y, aunque pareciera que no, os confieso, amigos, que de ella sí me enamoré. Para ser sincero, aún lo estoy, con deseos de darle los besos que, por culpa de la distancia, no he podido. Algunas veces he odiado a esa mujer llamada Distancia, como ahora, que de los brazos de mi amada me aparta.

Alicia dice que el final se inventó para que el comienzo pudiera existir. Así que ahora me toca comenzar de nuevo.

«Señorita, por favor, deme un boleto para el más allá. Olvide por ahora el cielo, el amor y la resurrección; mándeme al reino de las tinieblas. Ahí están mis buenos amigos, los que nunca me abandonaron en tiempos de amargura y sufrimiento. Dese prisa, que ya quiero estrechar sus manos, tomarme unos ardientes tragos y, al compás de violines endiablados, bailar también ritmos desorbitados».

El alma me abandonó; por fin se ha liberado de este cuerpo que fue corrompido por el amor. Volveré a tocar las campanas para invocar a los seres que en antaño fui. Como ráfaga correré para escapar de las abejas después de sacudir sus panales. Los patos volverán al viejo estanque para escapar del frío invierno.

Y todo esto viene al caso, o cosa, según, porque todas las veces que al cero cinco he marcado, por alguna razón que desconozco, siempre suena ocupado.

Ahora sí, ya me voy, porque mi navío me espera. Y para que ella lea que no hay rencor en mi corazón, a distancia le pido perdón por no lograr que mi amor y mis versos hayan tocado sus huesos.

Vale. ¡Salud!

P.D.: DE UN COMIENZO: Seré feliz de nuevo, porque mis trazos volverán a ser desordenados.

P.D. 1: DE ALGUIEN QUE OLVIDA: ¿Quién soy?

Chicoras.

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