Lo conocí una noche fresca de otoño, cuando mis pies comenzaron a caminar y no pude detenerlos. Me condujeron hacia el bosque más espeso, me llevaron por senderos secretos; cruzamos un gran laberinto de espinas bajo la luz de las auroras danzantes y las lunas de octubre. Cuando por fin logramos salir del espinoso laberinto, un extraño ruido llamó mi atención. Por momentos sentí miedo, pero lo controlé, como de por sí suelo hacerlo.

Mis pies se movían sigilosos, lentos. Yo quería saber qué o quién producía ese ruido extraño. Y así, seguimos adelante lentamente; nos acercamos lo más que pudimos. Con paciencia, comenzamos a remover los arbustos; también movimos algunas ramas de los árboles que murieron y que volvieron a nacer en pequeños retoños.

Cuando me dispuse a dar un paso más, el viento sopló fuerte, los pinos crujieron, las brujas volaron. Una niebla espesa cubrió el bosque; las piernas me temblaban, pero recordé lo que me dijo Alicia un día de invierno: «El miedo se huele». Así que, como pude, me deshice de él y traté de averiguar qué pasaba a mi alrededor. De pronto, de entre la blanca niebla, salió una enorme criatura.

Tenía los ojos negros; su mirada se clavaba en mi interior, como una daga afilada en la piel. Cerré mis ojos por un instante (pidiendo que todo terminara), con la esperanza de que, cuando los abriera, me encontrara en otro lugar, lejos de aquella temible criatura.

Pasado un tiempito, abrí los ojos y me di cuenta de que todo lo que hiciera sería en vano, que nada me salvaría de la muerte.

Mientras yo pensaba eso, el gigantesco monstruo seguía mirándome. Me sentí muerto.

De repente, con voz poco descriptible, me hizo una pregunta: «¿Puedes sentir la presencia del cazador?».

«Asesinos, demonios: por miles de años se han pintado la cara con la sangre de mi especie. Deberían volver al infierno de donde salieron, para que nosotros volvamos a ser libres.

Muchos de mis hermanos viven en paz bajo la montaña sagrada, y aquí se quedarán, mientras tu especie nos siga trayendo muerte y desolación».

Angustiado, escuchaba todo ese dolor. Lo único que pensaba era: «¡En el padre, no volveré a comer tamales!».

Creí que me tragaría de un bocado o que partiría mi esquelético cuerpo en mil pedazos, pero no fue así, porque los dioses calmaron su ira.

Su mirada de odio se transformó en calma. La bestia que yo imaginaba que me iba a devorar se fue; en su lugar quedó un ser noble, aunque, para ser sincero, aún le temía.

Después de que los dioses lo apaciguaron, se acercó un poco, me tomó de la playera (casi me la arranca) con sus dedos enormes y me colocó dentro de su gran oreja izquierda: «Para que pueda oírte, si es que quieres decirme algo», me dijo.

Hasta ese momento, yo no había dicho ni una sola palabra; ni siquiera para pedirle que tuviera piedad de mí, que no me comiera o asesinara. Apenas podía respirar y mi color regresaba poco a poco.

Cuando los cuervos comenzaron a entonar melodías nocturnas, el monstruo comenzó a caminar; los pasos que daba eran muy, muy grandes.

Durante el viaje, vimos a otros seres que aman la oscuridad.

No tengo idea de cuánta distancia recorrimos, pero antes de que el día nos tocara la cabeza, llegamos a una enorme cueva. Entramos, y cuando el sol comenzó a iluminar la tierra, la entrada se cerró.

Dentro de la cueva había una gran fogata, y a su alrededor había más como él; todos ellos de gran tamaño, algunos asustaban más que otros.

Se acercó a ellos y, en un idioma que desconozco, les habló. Después, me sacó de su oreja como pudo y me puso en el piso, frente a la fogata (creo que me aceptaron, porque de lo contrario, no estaría yo escribiendo esto). Nadie habló durante un buen rato; yo aproveché para dormir un poco. Cuando desperté, todos tenían la mirada puesta en el fuego.

Temeroso, en voz baja (tratando de que los demás no escucharan lo que yo quería preguntar), le dije: «¡Hey, amigo! ¿Por qué me trajiste aquí?». Al no obtener respuesta, le toqué el pie. Me miró y volví a hacerle la misma pregunta: «¿Por qué me trajiste aquí?». «Tus labios se mueven, pero no escucho lo que dices», respondió.

Así que volvió a colocarme en su oreja izquierda, claro está. «Ahora sí, puedes decirme lo que quieras». Y por tercera vez, volví a preguntarle: «¿Por qué me trajiste aquí?». Me sacó de su oreja, me puso en la palma de su enorme mano y me dijo: «Porque eso es lo que quiero que seas para mí: amigo».

Desde esa noche de octubre nos hicimos amigos.

Antes nos veíamos con frecuencia, cuando yo rondaba el mismo calendario y la misma geografía que él. Juntos vivimos muchas aventuras.

Él vino de Asia; huyó de la isla Sumbawa cuando el volcán Tambora descargó su ira. Ese día, el calendario marcaba el 10 de abril de 1815.

Ahora vive en Tlaxcala, en el volcán La Malinche, en lo profundo de una cueva. Solo sale de noche; de día no, porque la gente que visita el volcán le asusta.

Hace mucho que no hablo con él, que no lo veo, porque ahora solo somos dos almas flotando en el tiempo, en distintas geografías.

Sé que algún día volveremos a estar juntos, y que nuevamente podremos intercambiar palabras; veremos a las brujas intentando alzar el vuelo, contemplaremos el fuego y seguiremos honrando la palabra, amigo.

Antes, le tenía miedo.
Ahora, lo extraño.

Octubre 2019

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