ALICIA, ALBA Y YO

ALICIA, ALBA Y YO

Aprovechando que la ración de tabaco era muy poca, y después de delirar un poquito en el texto que escribí para la primera luz del día, según Alba, pensé que ya podía dormir tranquilo, como hace mucho que no lo hago (por eso de los demonios, serpientes, un amor, entre otras cosas). Pero no. Porque resulta que, cuando me fui a la cama, detrás de mí iba Alicia, con suave caminar, por eso no me había dado cuenta de su presencia.

Como sea, se sentó en la cama y, con esa tierna voz que la caracteriza, me dijo: «Volvieron los desvelos, como hace mucho que no lo hacían». Yo me quedé escuchando, como de por sí lo hago cuando ella habla, y continuó: «Ya veo, te has vuelto amigo de la esperanza, aquella que hace mucho te negó su amistad». Yo no supe qué decir; dejé que el silencio me ayudara un poquito, y siguió con sus palabras: «¿Sigues creyendo que algún día el invierno te regalará sus flores?». Moví la cabeza de arriba hacia abajo. «Sí», le respondí. Y después de un poquito de silencio, terminó esa parte de la conversación diciendo: «Solo no dejes de hacer lo que hacen los Topos, no dejes de mirarte el corazón». «Sí, Alicia, aún lo sigo haciendo», le dije.

Hasta ahí quedó esa parte de nuestra pequeña charla, porque recordé que tenía una pregunta guardada para ella, y ahora que estaba conmigo, pues tenía que hacérsela. Así que se la solté de un solo: «¿Alicia, los troncos duermen?». Me miró y, con palabra suave, respondió: «Sí». «¿Sí?», le pregunté para que me lo confirmara, y lo hizo. Me dijo: «Sí». Y con esa sonrisa que enamora hasta el corazón más frío, me dijo lo siguiente: «Todo lo que habita en este planeta tiene vida». «¿También las rocas?», le cuestioné. «Todo, incluso las rocas», respondió, y continuó: «Te voy a decir algo que no sabes, y que deberías». «Adelante», le dije. «Todos los seres vivos se comunican unos con otros. Por ejemplo, las acacias —¿sí sabes qué es una acacia?—», me preguntó. «Claro, cómo no voy a saber, es un árbol». «Correcto», y continuó: «Cuando algunos animales, sobre todo las jirafas, se alimentan de sus hojas, las acacias desprenden un aroma para que las demás sepan que hay peligro, y ellas también pueden hacer lo mismo. De esa forma se comunican y se protegen». Y terminó la enseñanza diciéndome: «Si quieres aprender más, acércate a los pueblos originarios, los guardianes de la madre tierra». «Así lo haré», dije, y le agradecí la enseñanza.

Entre tanto, no me había dado cuenta de que el té ya se había terminado, y no tenía más nada que ofrecerle. Tabaco no, porque ella no fuma; bueno, sí fuma, pero tabaco no. Ella fuma otras hierbas; dice que las usan los chamanes para hablar con los espíritus, y que muchas veces los espíritus se meten en el cuerpo de los chamanes. Eso me dijo la primera vez que le ofrecí tabaco, que, por cierto, también fue la primera vez que limpió mis lágrimas.

¿En qué estaba? ¡Oh, sí! Estaba en que no tenía nada más que ofrecerle. Así que se lo dije. Me miró, como siempre lo hace, con esos ojos que encantan como si de magos se trataran: «No te apures, Chico, ya habrá más desvelos, más té y más visitas». Y continuó su despedida diciendo: «Me voy, pero no te dejo, y ya ve a dormir, porque ya viene Alba». «Eso es lo que quiero», le dije, mientras en mi rostro una sonrisa ancha se dibujaba.

Alicia me dio un beso en la frente y se marchó, como siempre, sin decir adiós.

Y ahí me quedé yo, en la cama, esperando a que Alba llegara.

Alba llegó, me desperté, me di un baño y me fui a trabajar, como todos los días, con la primera luz del día.

Chicoras.

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