PARA ERANDI



MI TERCER SUEÑO CON ERANDI

Siddhartha Gautama decía que los sueños son eso, solo sueños.

Pero en ocasiones son tan reales que, de alguna manera, te hacen feliz; y en otras, duelen como si estuvieras despierto, viviendo ese doloroso momento.

Y esto viene al caso, o cosa, según, porque tuve un corto sueño invernal en plena primavera.

Soñé que estaba en lo que parecía un centro comercial. Después de caminar por algunos pasillos, me detuve frente a un estante; en él había un pequeño espacio y puse mi teléfono para tomarme una fotografía. De repente, vi en la pantalla del teléfono a Erandi: con la mano me estaba saludando. Me di la vuelta para regresarle el saludo y la vi caminando hacia mí. Al verla sonreír, me puse nervioso y el cuerpo me sudaba. Cuando por fin llegó a donde yo estaba, agarró el teléfono, se tomó una fotografía, me lo regresó y me dijo mientras se marchaba: “Yo no”. “Espera, por favor”, le pedí. Y al ver que no podía detenerla, le grité: “¡Tú bien sabes que estoy enamorado de ti! ¡Te amo, Erandi!”, mientras la veía alejarse.

Fin.

Cabello lacio bien peinado, un suéter grueso de estambre rojo con venados navideños, una falda corta color negro y unas botas rockeras. Ella.

Chamarra y playera negra, pantalón de mezclilla y cabello corto. Yo.

Chicoras.

28 de abril de 2025.

Soñado el 30 de marzo, escrito el 31 y publicado el 28 de abril.


Chicoras
La Habana, Cuba
Febrero 2021

Erandi
Tlaxcala, México

«Se vale estar deprimido, llorar, estar triste, pero también ser feliz»
—me dijo Alicia—.

Erandi, le saludo a distancia, como siempre, con el corazón en las manos. Deseando que todo marche bien en lo que ahora es su geografía, es decir, los brazos que ahora la protegen.

Sabe usted, hoy es uno de esos días, de esos en los que tengo necesidad de escribir, de escribir lo que ahora estoy sintiendo.

Hecho el saludo y la pequeña explicación, pasaré a lo siguiente, que es lo que falta.

Señorita Salgado, como usted sabe, el gato me abandonó, los peces murieron y el rosal ya no da flores. Esas fueron algunas cosas que le hice saber en la carta anterior a esta que hoy le escribo.

Bueno, pues después de superar todos aquellos tristes y lamentables sucesos, me dispuse a hacer algunas remodelaciones a la casa, que es su casa. De hecho, hice muchos cambios, pero lo único que no toqué fueron sus pertenencias; esas siguen estando en su lugar, donde usted las puso. Solo las limpié y las cubrí para evitar que se maltraten, para que cuando regrese (si es que lo hace), las encuentre tal y como las dejó.

Tal vez hago mal en escribirle porque estoy seguro de que tiene cosas más importantes por hacer, en vez de andar leyendo cartas absurdas de este que ha dejado de vivir con su ausencia. Usted perdone el inconveniente que pueda causar el hecho de que yo aún siga escribiendo su nombre en las paredes (lo hago para tener la certeza de que, al hacerlo, ya no duela más). Usted disculpe, pero es inevitable.

Ambos sabemos que la distancia era el enemigo a vencer y que en esa batalla salí perdiendo. Sin embargo, le puedo asegurar con toda sinceridad que me alegra saber que fui derrotado, porque con esa derrota también obtuve una victoria; es decir, gané un poco de paz. Como usted puede darse cuenta, también se gana perdiendo.

Antes de que se me olvide —porque usted sabe que, aparte de ser torpe, también tengo mala memoria—, permítame contarle un poco de lo que soñé esta madrugada. Espero no incomodarla.

Soñé que llegué a buscarla a su casa. Toqué la puerta y una mujer que dijo ser su hermana me dijo que usted no estaba, que se había marchado, y que por favor no volviera a buscarla porque usted ya tenía a quien amar.

Le supliqué que me diera, por lo menos, una pista de dónde podía encontrarla. Se negó rotundamente; de nada sirvieron mis súplicas, no pude convencerla. Con los ojos cristalinos, corrí, me alejé, me fui no sé dónde gritando su nombre, y a lo lejos escuché el eco de su voz diciéndome adiós. De repente, me vi nuevamente frente a su portón, dejando unas lágrimas en forma de flor. Cuando desperté, tenía las manos puestas en mis ojos; los estaba limpiando porque las lágrimas fueron reales. Menos mal que lo otro solo fue un mal sueño… ¿o no?

Erandi, hace mucho que no tengo noticias suyas. Eso me preocupa, y el hecho de no poder saber cómo se encuentra me lastima. Espero que se encuentre bien, donde sea que usted esté. Sabe que, a pesar de no saber nada sobre usted, siempre le voy a desear lo mejor porque, a quien se ama, solo eso se le puede desear.

No quiero que me malentienda cuando le hablo de amor. Antes de, era ese amor bonito que me hacía vibrar, que me acariciaba y me llevaba en viajes a través del universo. Después de, es ese amor de amigos. Es este segundo amor al que ahora me refiero. Yo sé que usted es una mujer muy inteligente y que no necesita una extensa explicación para saber de qué hablo.

Casi lo olvido: también quería contarle sobre el nuevo amigo que tengo. Se llama Edgardo. Lo conocí una noche antes de terminar la remodelación de la casa. Encontré la entrada de su pequeña casa por error cuando moví un escritorio que había dejado junto a la pared, cerca de la chimenea. Después de mover el pesado mueble, llamé a su puerta, pero no hubo respuesta. Así que me dirigí a la cocina, tomé un poco de comida, regresé a la entrada y dejé un poco. Esperé ahí un par de horas y nada; no se asomó nadie.

Me fui a duchar. Cuando terminé, regresé nuevamente. Con pies de pluma me acerqué y, para mi sorpresa, ahí estaba ese pequeño roedor zampándose la comida que le había dejado. Le saludé, pero al verme se asustó y corrió a esconderse. Yo me quedé ahí esperando a que volviera.

Y así lo hizo. Volvió, se fue acercando poco a poco. Lo noté un poco temeroso, así que me fui deslizando de a poco hasta quedar sentado con la espalda recargada en la pared. Tomé un poco de comida y se la ofrecí; el amigo desconfió por un momento, pero al ver que yo también comía, se acercó y comenzó a comer. Me pidió echar más leña al fuego, y así lo hice.

El fuego se avivó; ambos nos sentimos más relajados por el «simple» hecho de estar calentando los huesos. Alicia suele decir que hay días en que uno puede ser feliz con algo tan «simple». En una de las últimas visitas que me hizo, le conté que me sentía triste. «Si quieres sentirte mejor, ve a que te den un masaje en los pies», me dijo.

Perdón, le decía que, después de sentirnos más en confianza, mi nuevo amigo y yo comenzamos a conversar sobre cualquier tema. Y conforme fue cayendo la noche, surgieron otros nuevos. El caso es que estuvimos debatiendo por un largo tiempo. Hablamos y debatimos sobre el universo, las ciencias y sus conciencias; los amores que uno encuentra y los que uno pierde; sobre la comida, la bebida; sobre el coronavirus y las vacunas. De política no hubo mucho; en lugar de eso, nos pusimos a debatir sobre calendarios y geografías; sobre la mar y los navíos que uno pierde cuando se anda en busca de ella, o él, según el caso… o cosa.

Así la pasamos toda la madrugada: hablando, llorando, riendo y, sobre todo, aprendiendo de las experiencias y de los dolores que cada uno ha tenido. Creo que él y yo llegaremos a ser buenos amigos porque, después de haberle dicho mis sentires y pensares, me ofreció ayuda: «Ahora que ya somos amigos, déjame ayudarte con esa pesada carga que llevas. Ven, sígueme». Me llevó al jardín; ahí estuvimos un buen rato. Vimos a la tímida luna desnudarse y a una que otra estrella fugaz. Después de pedir el último deseo, me entró la curiosidad y quise saber qué hacíamos ahí afuera, pero, antes de cuestionar, exclamó: «¡Aquí viene! Veo que la esperanza sigue contigo. Mira, ahí está [señalando con la cola a una hormiga]. Ella te ayudará. Dale tu carga para que se la lleve y la guarde en una cueva, lejos de aquí».

Después de pasarle la pesada carga, me sentí más ligero. Mi amigo tiene razón: soltar también es una forma de aliviar la existencia propia y la de los demás. Es por eso que ahora ha llegado el momento de aliviar su existencia. No pensé que este día llegaría, pero hay cosas que, antes de llegar a su final, uno sin querer las va posponiendo; muchas veces sin querer, otras sabiendo que el final es inevitable, pero no queremos que llegue.

Señorita Erandi, quisiera escribirle todas las cosas que tuve guardadas para usted, pero ahora eso ya no importa. Lo único que me queda es agradecerle por haberme dado la esperanza de soñarla; de poder oír su voz; de acompañarme un par de noches en mi desvelo; de haber cantado para mí una pequeña canción; por haberme escrito; por haberme mirado; por todas y cada una de las cosas lindas que me dijo…

Erandi, gracias.

Tal vez esto que le digo pueda estar de más; eso le toca a usted decidirlo. No se alarme, no son quejas. Solo quiero decirle que no se preocupe por mí. Yo estaré bien; sabré apañármelas como lo he hecho hasta ahora. Mi aprendizaje comenzó el día en que me dejó sin usted.

Bueno, es todo. Me despido porque el último navío me espera para llevarme a otras tierras, muy lejos de su geografía. Cuídese mucho, por favor.

P.D.: Y si algún día siente que el viento toca su frente, seré yo, deseándole lo mejor.
P.D.1: ¿Es un adiós? —¡Depende!

¡Hasta que la vida nos vuelva a encontrar!

Desde la isla que se extiende cual caimán, Cuba.


Ayer, después de escribirle unos sentires y pensares en un texto que lleva por nombre «Si pudiera», mismo que le envié, tuve un sueño.

Erandi, aquí le dejo escrito lo soñado, por si siente curiosidad de saber cómo fue.
Va.

Estábamos en una tienda donde se vendían toda clase de cosas. Usted atendía la registradora; yo pagué, no recuerdo qué artilugios. Usted sabía que era yo, aquel que tanto tiempo había esperado su regreso, y que también le había contado mis sentires de vez en cuando en algunos textitos.

Le hablé para saludarla y, de paso, preguntarle cómo se encontraba (en realidad quería contarle más sobre mis sentires y pensares), pero no me dio oportunidad de hacerlo. Su silencio fue tal que sentí en mi corazón un gélido invierno.

Yo, que en millones de sueños había enfrentado a las bestias más feroces, a gigantescos monstruos, a los demonios más crueles; yo, que había logrado escapar de infinidad de laberintos; yo, que había logrado hacerme amigo del Minotauro; yo, que había aguantado y podido con todo, fui vencido por el silencio que usted me regaló.

Nuevamente, la realidad me golpeó en la cara. Con la garganta hecha un nudo y cargando lágrimas en los ojos, buscando refugio, caminé con paso apresurado para salir de aquel lugar. Pero antes de abandonarlo, usted gritó mi nombre, aunque el corazón ya se había congelado. Así que, como pude, me fui no sé a qué lugar. Un compañero de tantos que me acompañaban llegó donde yo estaba y logró convencerme de volver a donde usted se encontraba.

Al regresar, entré con la cabeza agachada. Quería mirarla a los ojos, pero por alguna razón que aún no entiendo, no pude hacerlo. Así que usted, con una mano agarró la mía y con la otra levantó mi rostro para que pudiese verla a los ojos. Ahí estábamos, después de tanto tiempo de espera; nuestras miradas se hablaron, desatando las ganas, y con un largo beso logramos que, de nuestro encuentro, brotaran aromas de flores y frutas.

Con una mano le tomé prisionera la cintura, pero, como antes, la realidad volvió y usted escapó, dejándome como siempre, a la deriva.

P.D.: De alguien que sueña, —El Chicoras, soñándose de madrugada en los labios de la luna.


Desde el velerito que navega contra la corriente de su olvido.
Chicoras.
Julio 2020.

(En el sueño, usted era más alta; yo tenía la estatura de un Oompa-Loompa.
Fue tan real que pude sentir la curva de sus labios).


Si pudiera cantarle una canción, le cantaría al oído una que le erice la piel.

Si pudiera ser un pájaro, le prestaría mis alas para que vuele muy alto y pueda tocar las nubes.

Si pudiera mirar sus ojos, vería yo a un hombre enamorado de usted.

Si pudiera tocar su piel, sería yo el más afortunado de los tontos.

Si pudiera agarrar sus cabellos, no me importaría ser preso de ellos.

Si pudiera tomar su mano, jamás caería yo en el abismo.

Si pudiera oír su voz, me gustaría escucharla pronunciar mi nombre.

Si pudiera estar a su lado, le diría todo lo que este tiempo he callado.

Si pudiera besarla, le sacaría de su interior todas las mariposas muertas.

Si pudiera, si pudiera.


EL PRINCIPIO

¡¿Qué tienen las lágrimas, que son tan pesadas?!

Con esa pregunta comenzó el amanecer de aquel día de invierno, cuando mis ojos se volvieron manantiales.

Mientras las lágrimas rompían las presas de mis ojos para desbordarse y correr sobre mis mejillas, tomé el teléfono e inicié sesión; y pasó eso que nunca olvidaré.

Deslicé el dedo hacia arriba y te vi: entre mis lágrimas y la pantalla del móvil estabas tú. Así comenzó.

Sequé los ríos con mis manos, me lavé la cara con agua fría, me miré al espejo y me eché a reír, porque la esperanza cruzó nuestros caminos.

EL VIAJE

Un navío construí y, con él, los siete océanos recorrí, buscando las caricias de mi amada. Cada noche, navegando, me encontraba en mis sueños; ella estaba, pero cuando yo despertaba, mi amada se esfumaba.

Al despertar, con la taza de café en una mano y en la otra mi ración de tabaco, a ella yo llamaba. Pero era tanta mi mala suerte que solo el eco, a lo lejos, se escuchaba, y de ella, pues, nada.

DE VUELTA

Jamás la fe yo perdí, y por eso, de nuevo estoy de vuelta después de una larga ausencia.

He regresado, trayendo conmigo los versos que por el camino recogí.

Recorriendo anduve las veredas, montes y valles; crucé barrancas, ríos, y con sabiduría enfrenté los líos en los que me metí. Así fue como los vencí.

Caminé por el desierto de Tlaxcala, buscando los besos de mi amada, y el calor abrasador que en mi cuerpo sentí era parecido al de sus piernas cuando me abrazaba.

Cuando la selva recorrí, sus humedades sentí; con nostalgia recordé los días en que las mías con las de ella confundí.

En el viaje, mil veces me perdí, al destino maldecí, pero gracias a ella, hoy de nuevo estoy aquí.

PD: Erandi, espero que pronto vuelvas, como lo hice yo.

Desde algún lugar de este que llaman el país de las “libertades”.

Chicoras.

Junio 2020.

Erandi, aunque lo parezcan, anoté que no son quejas.


Caminemos la noche, recorramos los senderos de nuestras geografías hasta llegar a la tierra prometida.

Deje, mi amor, que sus ojos sean luz que guíen nuestros pasos.

Esta noche serán revelados los secretos que hemos guardado; romperemos el silencio para que deje de hacernos daño.

Pronunciaré a su oído los sentires y pensares que he apilado todo este tiempo.
Dejaré que toque con ternura mi alma.

Los universos que por sus labios lleva, estallarán con los míos; de la colisión nacerá uno de placer.
La melodía infinita que de su voz escapa me hará sucumbir en sus brazos.

En sus pechos depositaré mis sueños; mi esperanza la dejaré en cada caricia que le dé.
Deje que mis manos la toquen, déjeme quitarle los miedos, déjeme desnudarle las ganas para poder amarla… Deje que la toque eternamente.

Mirémonos sin barreras, compartamos las tristezas, no solo el amor.
No baje la cabeza ni oculte la mirada, porque cuando lo hace, en un mar de angustias mi corazón naufraga.

Sin prisa…

Dejemos que nuestras miradas, sin hablar, se digan todo lo que sentimos; y nuestras manos, con caricias, lo mucho que nos amamos.
Y antes de que llegue el día, juntos habremos dibujado una promesa en su vientre.

PD: Desde nuestro último encuentro, yo me quedé temblando. Aún lo estoy.
Desde alguna de tantas ciudades que hoy arden.


Hola, Steph, querida…

Te llamo “querida” porque Alicia me dijo que hay que ser amable, y por eso te llamo así. Bueno, también es porque te quiero.

Ahora que ya sabes por qué te llamo querida, pasaré a lo siguiente: lo que quiero decirte. Esto que traigo atorado desde hace mucho tiempo y que, por alguna razón, no he podido decírtelo. En realidad, yo tengo un poco de culpa, lo admito. Lo que pasa es que, cuando estoy a punto de escribirlo, me distrae tu recuerdo y se me olvida. Espero que hoy, al escribirte esta carta, no se me olvide.

Sabes, todo esto viene al caso porque, por esta geografía, las nubes andan muy tristes; han llorado desde hace dos semanas. Y como tú bien sabes, cuando llueve, el agua se acumula en el tejado y se cuela por las grietas, convirtiéndolas en hoyos. Para que no se hagan más grandes, pues tengo que hacer algo para que el problema no sea mayor.

Y aquí me tienes, arreglando los agujeros que la lluvia ha dejado, y mientras lo hago, estoy pensando en cómo decirte lo que quiero que sepas.

Al principio había pensado expresarlo con una canción. Entonces traté de contactar a un amigo que compone canciones y que también las interpreta, así como lo haces tú, pero no tuve suerte; la línea de teléfono no funciona. “Tal vez cambió su número telefónico”, pensé.

Al ver que otra opción tenía, decidí encargarle un poema a otro amigo que es poeta, de esos que hacen que la piel se erice. Me dijo que sí, que con mucho gusto él podía ayudarme. Yo me alegré, le agradecí y me fui a casa pensando que lo había conseguido, que por fin había encontrado la manera de hacértelo saber.

Al otro día, cuando el Sol comenzaba a calentar las casitas de adobe, un ruido me despertó. Escuché que alguien estaba golpeando la puerta. “¡Un momento!”, grité, mientras buscaba el calzado que habría de proteger mis pies del suelo frío. Cuando por fin me puse mis viejos zapatos, me apresuré y abrí la puerta. Era mi amigo, el poeta; me dio mucha alegría verlo, como siempre, pero ese día fue mayor la alegría que sentí. Le invité a pasar, pero con un gesto amable me dijo: “Amigo, te agradezco, pero no puedo quedarme, no dispongo de mucho tiempo. Solo vine a decirte algo”. Sonreí y le dije: “Espero que sea el poema que te pedí que escribieras”. Me dijo: “No, lo que quiero decirte es que no escribiré el poema que me encargaste, porque eso que tú sientes y quieres decir te corresponde solamente a ti, a nadie más. Y si aceptas un consejo, te digo, amigo, no dejes que alguien más hable por ti”.

No dije nada, me quedé en silencio por, no sé, un par de minutos, tal vez. Él, al ver que no pronuncié palabra alguna, sonrió y, antes de marcharse, me dijo: “Buena suerte, amigo”, y se fue. Yo me quedé serio, ni siquiera le di el adiós. Esperé que se alejara y, cuando por fin ya no pude verle, cerré la puerta y guardé lo que aprendí de él: pelear mis batallas, sin importar si las pierdo o consigo la victoria. Enfrentaré cada batalla en el nombre de los dioses, los que nacieron el mundo.

Pero antes de eso, pondré en práctica lo que me dijo Anastasia una madrugada de primavera, cuando por esta geografía el olor a hierba verde se mezclaba con el del tabaco: “¡Chicoras! Para que el amor no duela tanto, uno debe aprender a mirarse el corazón”. “¿Y cómo es eso?”, le pregunté. “Escucha, te voy a contar una historia que me contó mi abuelo. Me dijo que cuando los dioses nacieron el mundo, olvidaron darle ojos a algunos seres vivos y, por esa razón, andaban chocando entre ellos y tropezando con lo que había a su alrededor. Entonces, los topos, al ver eso, se burlaban. Y cuando los dioses se dieron cuenta de la burla que hacían, decidieron dejar sin ojos a los topos para que ya no se burlaran. De esa forma, los dioses castigaron a los topos, y así fue que dejaron de burlarse de los demás y aprendieron a mirar su interior”.

Erandi, creo que esta vez tampoco te lo diré. Seguiré buscando la manera de hacerlo, porque quiero que te quede lo más claro posible, que no tengas dudas de lo que leerás cuando haya encontrado la forma de expresarlo.

Por lo mientras, aquí te dejo un sentimiento que encontré; lo hallé mientras intentaba mirar mi interior, es decir, mi corazón. Vale, salud, y que cuando la Luna vuelva a vestirse de plata, tú y yo bailemos bajo su luz.

LUNA LLENA

Erandi…

Ven, acércate un poquito más.

Como un niño que duerme, déjame soñarte una vez más.

La luna llena brilla, la música suena, ven conmigo,salgamos afuera, la noche nos espera.

Después de verte llorar, ahora quiero verte bailar.

Erandi, en esta luna llena, también puedes cantar.

Soy un extraño que te lleva en el corazón, y que cuando veo tu fotografía,pierdo siempre la razón.

Déjame con una cerveza brindar, para que en esta noche de luna llena, tus ojos de caguama vuelvan a brillar.

Date prisa, no esperes más, ven conmigo, porque sin ti,las gerberas la vida perderán.

Desde el país de las mil colinas, Ruanda. Chicoras. Abril 2020.


3 de abril | Madrugada.

Estábamos en un cuarto, no era una habitación puesto que no había cama ni nada que pudiera indicar que lo era; tan solo unos asientos, algo así como un lugar de espera.

Ella estaba sentada, con la cascada que por cabellos lleva y ojos color sol.
Cuando la miré, no dudé en ir con ella; con caminar apresurado la alcancé.

En sus manos tenía unas hojas de papel (no sé qué decían en ellas, porque saberlo era lo que menos me importaba en ese momento). Cuando me acerqué a ella y al fin pudimos estar cara a cara, me ganó el deseo y le di un beso en sus labios carmesí.

Al desprenderme de ellos, en mis ojos comenzó una pequeña llovizna: sentí nervios bonitos. Yo la miraba mientras el silencio nos cobijaba. De repente, los papeles se le cayeron de las manos, quedaron regados en el piso. (No dudé en recogerlos). Me incliné para levantarlos y, cuando terminé de hacerlo, se los entregué. Ella me miró a los ojos y exclamó: «¡Me has besado!».
«Sí», le respondí.

Y antes de que pudiera decirle algo más, calló mi boca con un beso.

Fin.

Cuando desperté, me di cuenta de que mis ojos también habían llorado en la realidad.

Desde Somalia, en el Cuerno de África.

Chicoras.
Abril de 2020.


Querida Steph…

Recibe un saludo a distancia y un cálido abrazo de este que te escribe desde el país de las barras y las turbias estrellas.

Hecho el saludo, paso a lo siguiente.
Seré breve.

Steph, como sabes, hace algunos soles —por alguna razón que ahora no recuerdo— coincidimos en tiempo y lugar un ratito nomás. Yo hubiese querido que fuera más tiempo, pero no siempre se tiene lo que se quiere; uno trata lo más que puede (yo sigo tratando de que vuelvas tu mirada hacia mí). Y resulta que andaba yo por ahí gritando tu nombre por todos lados, y nada, nada que te encontraba.

Anduve un poquito desesperado, de mal humor y un poco triste, claro está. Un día, un pajarillo me despertó una fría mañana de invierno; posado estaba afuera de la ventana, su canto era alegre. Cuando me levanté de la cama, la tierna ave comenzó a golpear la ventana con el pico. Somnoliento aún, abrí la ventana, y el pájaro cantor se sentó en mi hombro y comenzó a cantarme al oído: «Plantaré un jardín de flores para no olvidarla; margaritas, violetas y gerberas me harán acordarme de ella».

Eso es lo que recuerdo de su canción, porque solo pasó como una pálida sombra y se fue. Cuando se marchó, voló alrededor de la casa, volvió frente a la ventana, voló hacia lo alto del cielo y cayó en espiral. Antes de irse, me dijo: «Allá, donde todo es siempre verde, allá encontrarás lo que desde hace mucho tiempo estás buscando». Y se fue volando en dirección al sur.

Después de pensar por un largo tiempo, no hallaba cómo descifrar su mensaje para encontrar la respuesta que me llevara hacia ti. Entonces, me puse a buscar en internet un lugar donde todo es siempre verde, y después de un corto periodo de tiempo lo encontré: Cuernavaca, Morelos, la ciudad de la eterna primavera. Con ese par de datos en la mano, regresé a Facebook y los coloqué en el buscador. Antes de dar clic para que la máquina hiciera su trabajo, le pedí a los dioses —los más primeros, los que nacieron el mundo— que me echaran una manita. Y así lo hicieron: tras dar clic, la máquina me arrojó una lista interminable relacionada con dichos datos. Y ahí me tienes: busqué y busqué hasta que, por fin, te encontré. Ahí estabas tú, con esa hermosa sonrisa.

Como al principio, el miedo volvió y no pude hablarte; me derrotó una y otra vez, pero en cada derrota dije: «Volveré y seré millones».

Y aquí me tienes, con los millones de mí, de mi lado; enfrentamos al miedo y al fin lo vencimos. Ya solo me queda vencer la distancia y el tiempo.

Querida Steph, si algún día llegas a leer esto…
Hasta aquí me quedé la madrugada de hoy. Ya no pude seguir porque, después de tanto tiempo, por fin recibí respuesta tuya—.

Anoche, cuando recibí tu respuesta, sentí recorrer un escalofrío por todo mi pequeño y envejecido cuerpo; un escalofrío de esos bonitos. El nudo en la garganta no me dejó llorar de emoción. Lloré de alegría un poquito cuando me despedí.

Entre la tormenta que se ha levantado, tú me das paz, esa paz que tanto me faltaba.

Steph, creo que no te lo había dicho —bueno, no estoy del todo seguro—, pero ahora no me queda duda, y ya puedo decirte que te quiero. Sí, leíste bien: te quiero, te quiero bien, de forma bonita; de esas maneras que hoy en día son difíciles de encontrar; de esas donde cada uno sea querido sin dejar de ser lo que es.

Bueno, Steph, es toda mi palabra por el día de hoy.
Vale, salud. Cuídate.

PD: Ojalá que la próxima tormenta que me atrape sea la de tus cabellos.


Erandi, desde que te marchaste, la casa quedó fría. Dentro hay un gran vacío.

Cuando llego a casa después del trabajo y pongo un pie dentro, la nostalgia me invade y, con lágrimas en los ojos, pronuncio tu nombre; te llamo una y otra vez, pero no respondes.

Entonces, busco algo para distraerme, pero es inútil: nada me consuela, nada llena la ausencia que siento al recordarte.

Todo es insípido, frío, gris.

Por las noches, el insomnio me atrapa, y de madrugada me levanto a fumar un cigarro. Quisiera no pensar en ti, pero no logro borrar de mi mente los recuerdos que tengo.

Tu risa la sigo escuchando en cada rincón; tus ojos los veo en el espejo; tu aroma sigue impregnado en mí; tus labios siguen besándome cuando bebo de la taza, café.

PD: DE ALGUIEN QUE VA — Yo quiero ir donde estás tú.

PD: DE ALGUIEN QUE ESPERA — Y quiero que tú vengas conmigo.

Desde algún rincón, del herido corazón.

Chicoras
Marzo 2020


Edgardo
Los Ángeles, CA
Enero 2020

Steph
Cuernavaca, Morelos
México

Querida Steph: Sabe usted, esta situación por la que estoy pasando no es nueva; tiene ya algunos ayeres. Y aunque el olvido sigue su apresurado andar, usted lo sigue venciendo, negándose a caminar con él.

Se lo digo porque yo he sido testigo todo este tiempo. Él, el olvido, ha tratado de tomar su mano en varias ocasiones para alejarla de mí y dejarme una herida certera que desangre los recuerdos que tengo de usted. Pero ha sido en vano, porque él siempre ha perdido. Y se lo puedo asegurar: no tengo herida alguna, ni un rasguño, y los recuerdos siguen aquí; ni uno se ha escapado.

Espero que con esto que le acabo de escribir, su pensamiento se vaya aclarando un poco, porque falta lo que falta. O sea, que falta decirle más. No mucho… bueno, un poco, sí. Porque Alicia dice que «en ocasiones se dice mucho, aunque se escriba poco». Y eso es lo que yo trataré de hacer.

Y todo esto viene al caso porque, en alguna carta que le escribí hace un tiempito, le dije que algún día volvería a perder el miedo y le hablaría como aquel verano de 2015.

En aquel solsticio, le dije que solo la había visto en fotografías, que no habíamos cruzado palabra alguna por teléfono. Y que yo no entendía (sigo sin entender): ¿cómo es que usted me interesa tanto?

También aquella noche me preguntaba a mí mismo: ¿qué podría yo hacer para que usted me dedicara una miradita suya?
«No lo sé», me respondí. Y continué: «Por el momento, solo quiero hacerle saber que usted es parte de mí y que la llevo conmigo a donde quiera que voy, sin soltar su mano».

Se lo vuelvo a decir para que lo recuerde, si es que lo ha olvidado. Espero que su pensamiento se siga aclarando más con eso que le acabo de recordar.

Querida Steph, lo único que quiero decirle es que, después de todo este tiempo, sigo aquí, en el mismo lugar donde me dejó. Que impaciente espero a que usted regrese, me mire a los ojos y me diga que jamás volverá a dejarme sin usted.

Creo que es todo lo que le quiero decir. Y si algo se me ha olvidado, se lo escribiré en la próxima carta que le escriba.

Hasta pronto, querida Steph.

PD. DE ALGUIEN QUE ESPERA: Si me va a decir que sí, no tarde, para que compre doble ración de café.
Y si me va a decir que no, no se apresure, para que mi corazón tarde en romperse.

PD. DE UNA BOCA: Me desangraré en besos cuando la bese.

Adjunto esta fotografía para aclarar un poquito más su pensamiento.

Chicoras Enero 2020


¿Para qué sirve la utopía?

La utopía está en el horizonte.
Y si está en el horizonte, yo nunca la voy a alcanzar.
Porque si camino diez pasos, la utopía se alejará diez pasos. Y si camino veinte pasos, la utopía se va a colocar veinte pasos más allá. O sea que yo sé que jamás la alcanzaré.
¿Para qué sirve?
Para eso, para caminar.

Fernando Birri.

***

Nada es inalcanzable.

Erandi.

***

¡Saludos, mi señora!

Hace algunos días, le conté a una amiga que tengo, y que quiero mucho, sobre usted.
Sobre lo linda que es, las palabras hermosas que me regaló, y la cascada que lleva por cabellos.

Ella me dijo: «Es una ilusión muy grande la que tienes; además, la distancia es un factor poco favorable, no la conoces en persona, y por si eso fuera poco, el tiempo tampoco te favorece».

Por un ratito me quedé callado; no dije nada, me quedé pensando lo que me dijo. Después de unos minutos, limpié mi garganta y le respondí: «Mi interés hacia ella es muy grande; mis intenciones y sentimientos son tan puros como el alma de un infante».

Tras decirle eso, el silencio volvió a invadir el lugar donde charlábamos sobre usted. Creo que ella también reflexionó sobre mis palabras y, mientras el silencio nos cobijaba, buscaba una respuesta para darme.

Pasado el breve silencio, me respondió: «Sigue, pues, adelante; entierra el miedo y ve por ella. Conquístala, ámala, cuídala, protégela, y juntos escriban su historia de amor en este libro llamado vida».

Sus palabras fueron como una mano que levanta a alguien caído. Y bueno, pues aquí me tiene usted de nuevo, escribiéndole para decirle que un día de estos, volveré a perder el miedo y le hablaré para expresar lo que todo este tiempo he callado.

Porque si en algo estará de acuerdo conmigo es en que hay cosas que no se pueden decir por teléfono, ni tampoco en textos. Esas cosas se dicen de frente, cuando las miradas se cruzan y los corazones laten al mismo ritmo, uno junto al otro.

Erandi, hago un pequeño espacio para contarte lo que hoy me pasó al ir al café de la esquina.

Va.

Resulta que —no te lo había dicho— tengo unos pajaritos, y como cada sábado, fui a comprar alpiste. El señor de la cafetería me conoce un poco, y hemos conversado sobre varios temas; solo una vez hablamos de amores. En esa charla, le dije que yo andaba con Soledad, no porque me guste, sino porque tú no te has animado aún a andar la vida conmigo.

Hasta ahí, todo bien.

Pero dejé de ir un buen tiempo a esa cafetería, hasta hoy que pasé por ahí y decidí entrar a beber café.

Como siempre, el don, muy amable, me saludó y con un gesto en su rostro me preguntó: «¿Ya tienes novia?». Yo puse cara de ¿Cuándo le dije que ando buscando novia?, y con amabilidad le respondí que no.

Antes de que pudiera contarle la razón, me dijo: «Aquí viene a comprar café una chica que trabaja cerca. Ella me dijo que busca novio, y me acordé de ti».

Me eché a reír por dentro, pero no lo demostré. Solo le respondí: «Espero que pronto encuentre al hombre que busca».

Y me fui a comprar el alpiste antes de que siguiera hablando de ella.

Te cuento esto porque yo ya tengo mi utopía: tú.
Solo espero que la próxima vez que yo camine diez pasos, tú también lo hagas, pero hacia mí, para que pueda alcanzarte.

Porque en estos momentos, vacilo entre lo que dijo Fernando Birri y lo que tú dijiste, como muestra la imagen adjunta.

Bueno, me despido deseándote lo mejor.
¡Hasta pronto, querida Erandi!

AGUA DE BEBER

Nunca vi el agua tan cerca hasta que vi a Erandi desbordarse como manantial. Tengo que perder el miedo para hidratar mi interior.
Porque en ella está el secreto para salvar a mi corazón.

Chicoras
Enero 2020


Querida Erandi: Cuando perdí el miedo y decidí hablarte, en esta geografía el calendario marcaba el 7 de junio de 2015.

«Por poco que te muevas, despiertan mis angustias».

Con esas palabras inicié contigo una conversación que, hasta el día de hoy, llevo conmigo.
Lo que a continuación leerás es algo que escribiste una noche, cuando el reloj marcaba las 11:47pm. del 31 de julio de 2015.

«Ni siquiera te conozco y ya me la paso pensando en ti».

Esas, entre otras palabras lindas que me escribiste, siguen aquí junto a tu fotografía, que guardo con mucho cariño. Las guardo para que, cuando las vuelva a leer, me recuerden lo que está por ser.

Erandi: Parece que fue apenas ayer que te fuiste, pero no: han pasado ya cuatro largos años. En todo este tiempo, te confieso, he tratado de tomar distancia, de alejarme poco a poco hasta que llegue el olvido, pero todo ha sido en vano. El olvido no llega; lo que llega es el desvelo, y con él, tú.

Entonces, me levanto de la cama, me sirvo una taza de té, enciendo un tabaco y comienzo a escribir lo que el corazón me dicta. En ti pienso mientras escribo, poniendo en cada letra un suspiro y en cada palabra un sentimiento. Por ejemplo, esto que te comparto lo escribí de madrugada. Va pues, aquí te lo dejo, para que, si así tú lo deseas algún día, también recuerdes lo que está por ser.

***

NADA BASTA

Diciembre llegó, y con él, los recuerdos de ella, aquella que sigue ganando esta lucha contra el olvido.

Es invierno: las hojas muertas de los árboles caen y pintan la tierra de color marrón.
Sobre ellas caminan los amores que aún prevalecen después de las tormentas.
Aquí sigue faltando el calor de su cuerpo, ese que me calentaba en las gélidas noches invernales.

¡Por qué!
Nada basta.
No basta con mirar su fotografía; no basta con escuchar su voz en los mensajes que dejó grabados; no basta con volver a leer los poemas que le escribí; no basta solo pensarla. Nada basta.
En las noches sigo haciendo cuentas de los kilómetros, los días, las horas… y sí, el resultado sigue siendo el mismo: su ausencia.

Esta mañana me desperté muy temprano, me levanté, preparé café para pensar en ti y para calmar un poco el frío que dejó. Mientras el agua hervía, recordé nuestra primera conversación. La busqué y me puse a leerla; confieso que, aunque ha pasado mucho tiempo, me emocionó hacerlo.
Y por eso sigo aquí, construyendo el puente que ha de llevarme hacia el otro lado: es decir, a los brazos de ella.

PD: DE ALGUIEN QUE ESPERA
—Erandi, vuelve pronto, para que la Luna deje de cantar esta fría canción de cuna.

PD1: DE ALGUIEN QUE EXTRAÑA
—Erandi, igual que el viento, yo también quiero volver a jugar con tu cabello.

Espero que te guste, y si no, pues regálaselo a alguien más, porque de por sí los pensamientos bonitos son para alguien a quien se quiere mucho.

Bueno, me despido pues me falta decirte algo que ya sabes tú, pero que ignoras que yo sé.
Hace tiempo me llegaron noticias tuyas; en ellas leí que anduviste cerca de la geografía donde yo nací y crecí, en un evento de esos en los que cantas. Me alegré, pero poco me duró esa alegría, porque volví a perderte la pista.

Un tiempo después, volvieron a llegarme noticias tuyas. Estas últimas me arrugaron aún más el corazón, porque me enteré de que alguien te rompió el tuyo, y que por esa razón escribiste una canción —«Ausencia de ti»— que habla de tu tristeza y expresa tu sentir.

Erandi, perdóname si te hice recordar momentos que te lastimaron; no fue mi intención. Lo hago para poder decirte que, si vuelves a pasar por lo mismo, recuerdes que aquí encontrarás unos brazos para aliviar tu dolor con un abrazo, y un cálido corazón para aminorar el frío que alguien más te haya regalado.

Bueno, ahora sí me despido. Hasta pronto, Erandi.

PD2: Espero que sigas cerrando tus ojos y viéndome junto a ti.
PD3: Desde nuestro último encuentro, te confieso: nadie me ha besado como tú.

Chicoras
Diciembre 2019


Querida Erandi:

Este es el tercer invierno que vivo sin ti. No ha sido nada fácil. Quizá la carga se habría hecho más ligera si tuviera noticias tuyas. No es que me queje, no; es solo que, con alguna pista de ti, las frías noches invernales no serían tan gélidas. Me aliviaría saber que tú y tu preciado tesoro están bien (eso es lo que deseo).

Esta mañana me desperté con tu recuerdo, como tantas otras, y decidí escribirte este texto para recordarte que aún falta aquel encuentro entre tú y yo.

Erandi, en la última carta que te escribí, te conté sobre el gato que nos acompañaba. En ella, te dije que Miau había perdido la mitad de peso. Bueno, tras algunas semanas, recuperó su apetito y se repuso.

Me alegré mucho, aunque no duró, porque ahora se ha ido. Tal vez se fue porque ya no es lo mismo sin ti; quizá porque no le gusta verme triste o encontró a una mishi que lo quiere. Espero que esté bien, dondequiera que esté.

Sabes, hoy me buscaron muchas personas. Todas querían saber cómo estoy.
«¿Cómo quieren que esté si tú no estás conmigo?», me pregunté a mí mismo.

Les dije que estoy triste porque, tras aquel evento musical, perdí tu pista. No sé dónde andas, cómo estás… En suma, no sé nada de ti. También les conté que lo que siento por ti no lo había sentido en mucho tiempo, hasta que te conocí. Con un nudo en la garganta y los ojos cristalinos, les dije que seguiré esperándote por si algún día encuentras el camino de regreso (espero que sí lo encuentres).

Tras escucharme, la mayoría de ellas y ellos me dijo que debía olvidarte, que no vendrás, que mi espera es en vano, que busque a otra mujer… ¡Tantas estupideces! ¿Quiénes son para decidir si vales la pena? ¿Cómo dan consejos sin saber lo que siento? Anastasia me dijo: «Cuando uno no tenga nada bueno que decir, es mejor callar. A veces, no hay mejores palabras que el silencio». Ahora sé que tiene razón.

Erandi, a veces despierto de madrugada tras soñarte. Intento recordar el sueño para escribirlo y adjuntarlo con detalle en una de mis cartas. Pero es inútil: se desvanece. Solo recuerdo que todos han sido hermosos.

Bueno, es hora de decir hasta pronto o hasta otra carta. Me despido, pero no te dejo: te llevo en el bolsillo izquierdo de mi camisa, cerca del corazón.

PD: Que el Dios en el que creas te bendiga.

Chicoras
Diciembre de 2018


Erandi…

Ha pasado mucho tiempo, pero las cosas poco han cambiado por aquí desde donde te escribo.

El gato perdió la mitad de peso.
Los peces murieron de tristeza.
El gallo solo canta canciones de desamor.
En ocasiones trato de animarlo poniendo la canción que tu boca cantaba para mí, pero es inútil. No consigo alegrarle la existencia. Y del gato, ni hablar: sigue sin ronronear.
¿Los peces? Con San Pedro.

En el trabajo, tu fotografía sigue ocupando el mismo lugar en mi escritorio. Por eso, mis compañeros todavía me piden que te lleve sus saludos. Yo siempre les agradezco como si tú lo hicieras.

Todos los que te conocen aquí me preguntan cuándo volverás. Les digo que por ahora no, porque estás de gira; que te dedicas a cantar y tocar la guitarra. Les muestro un video donde apareces interpretando una canción de Blondie, esa que dice:

De una u otra manera, te encontraré.
Te atraparé, te atraparé, te atraparé.
De una u otra forma, te haré mía.

Así va la canción, creo.
(Lo sé: la traducción es pésima).

¿Cómo estoy yo?

Bueno, digamos que estaría mejor si tú estuvieras aquí, conmigo, cerca del corazón que aún late por ti.

Seré sincero: a veces despierto de madrugada y te busco. Sí, he llorado en ocasiones, y otras tantas tarareo la canción que solías cantar después de leer las cartas de amor que escribía para ti.

Te confieso que me gustaría volver a pronunciar en esta noche oscura conjuros mágicos en tu oído y peinar con susurros la tormenta que, imagino, aún llevas en tu cabello.

Erandi, sabes que llevo varias noches sin dormir. No es solo por tu ausencia (bueno, un poco sí), sino porque, la otra vez, estaba escribiendo un texto para enviarte. No lo hice por culpa de mis torpes dedos. Mientras calmaba el enfado, me puse a pensar en tonterías, como suelo hacer, y de repente una pregunta llegó volando como mosca. Intenté espantarla, pero se quedó rondando hasta meterse en mi cabeza y no dejarme dormir: ¿Los troncos duermen?

No hallé respuesta en los libros de Ciencias Naturales. Le preguntaré a Alicia cuando la vea; quizá ella sepa dónde buscar o a quién acudir. No sé dónde anda, pues no tiene un lugar fijo. Esperaré a que visite esta geografía.

No recuerdo si ya te había contado que, al día siguiente de tu partida, ella vino. Esa noche estaba escribiendo algo para mí, pero no pude terminarlo porque llegó. Me miró a los ojos, me abrazó y susurró con voz noble: «Sé lo que piensas y sientes. Por eso estoy aquí».

Antes me había dicho que «hay palabras que no curan, pero alivian». Así fueron las suyas esa noche: me dieron paz. ¡Su estancia duró lo suficiente para que no me atreviera a dar el corte final! Por eso le estaré siempre agradecido.

Antes de irse, me dijo:

— Dios fuma tabaco y toca la guitarra.
— Baila al ritmo de la marimba y es fanático de los escarabajos.
— El Diablo toca las campanas para que los fieles vayan a la iglesia, y Dios condena lo que ignora.
— Ambos apuestan para ver quién peca y quién es bueno.
— Que te fuiste para que yo aprendiera a quererme.
— Que el miedo se huele.
— Que los remolinos tienen un solo pie.
— Que existe otro mundo que la humanidad no ha visto.
«¿Has notado que las estrellas titilan?» —preguntó—. «Son las sirenas de las cárceles que extraterrestres construyeron para delincuentes de universos lejanos.»
— Que cuando la tierra tiembla, es porque los gigantes bajo ella quieren renacer.
— Y que compre mucho café para que, la próxima vez que venga a limpiar mis lágrimas, pueda quedarse más.

Bueno, mejor paro aquí para no alargar esto ni aburrirte, porque no era lo que quería decirte.

Erandi, solo quiero que sepas que, cuando te marchaste, mis angustias se agitaron. Tu ausencia aún me estorba: todo me sobra y todo me falta porque tú no estás.

Me despido deseando que algún día vuelvas a dedicarme una de tus miradas.

PD: No hay posdata porque creo que te lo he dicho todo.

Desde algún rincón de la casa que también te llora.

Chicoras
Diciembre de 2017


Chicoras
La Gran Mancha Oscura
Neptuno
Diciembre 2016

Erandi Luna
Tlaxcala, México
Planeta Tierra

Querida Luna: Te escribo para decirte que nunca había tenido tanta mala suerte desde el día en que vi por primera vez a ese gato negro parado frente a mi puerta.

Escuché voces malignas pronunciando mi nombre, tuve sueños escalofriantes y pensamientos oscuros rondaron mi mente.

Mi alma estaba hecha trizas porque no había podido quitarme esa angustia maligna. Y cada vez que llegaba la hora de dormir, al cerrar los ojos, volvía a ver al mismo gato con su mirada diabólica.

Después de soportar aquella siniestra maldad por un largo tiempo, recordé que tenía un libro negro de conjuros que Alicia me había regalado hacía ya mucho tiempo. Me lo dio después de contarle los oscuros sueños que tuve un día de octubre.

Busqué aquel libro por toda la casa, pero no lo encontré. Después recordé que había arrancado las páginas para echarlas al fuego y así calentar mis cansados huesos aquel frío invierno, cuando me dejaste sin ti.

Como no encontré el libro de hechizos, tuve que llamar a un amigo que es mago, que dice desaparecer cosas —aunque en realidad no las desaparece, sino que distrae a la gente para hacer sus actos de «magia».

Cuando mi amigo Alakazam, el mago, llegó, le conté todo lo que me estaba pasando y le pedí que me ayudara, que me quitara esa mala suerte que me perseguía, como los osos persiguen a la miel.

«Ja,ja,ja», el muy maldito se echó a reír después de que le conté todo. Me miró y, con voz de mago, me dijo: «Tranquilo, te ayudaré, pero nunca olvides que para ahuyentar a los demonios, tendrás que enfrentarte a ellos, sin importar lo fuertes que sean».

¡Que los hijos de Mephistopheles vuelvan a él!

Antes de irse, me dejó un amuleto grabado; en él puede leerse lo siguiente: «Abracadabra».

Me lo colgué en el cuello para que me proteja de la maldad que impera en estos tiempos.

Ni modo, aquí seguiré, enfrentando mis demonios.

Bueno, es hora de despedirme.

Recibe, pues, un saludo y un cálido abrazo de este que aún lleva tus besos.

Hasta pronto, Erandi.

***

EL GATO AMIGO MIO

Maullando viene, maullando va.
Por las noches me visita.
Maullando dice: «Estoy aquí, sal».

Antes de dar el paseo nocturno, comemos sándwiches de atún.
Juntos caminamos por las azoteas, maullando a la luna que se fue, para que vuelva.

Para que vuelva e ilumine nuestras caminatas nocturnas.
Para que vuelva a reflejarse en nuestros ojos.

Maullando vamos por la vida.

¡Miau! (¡Luna!)
¡Miau! (¡Regresa!)

Chicoras.
Diciembre 2016.

Carta a Erandi by Chicoras is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.


LA HUELLA DE SU AMOR

La vi pasar frente a mí una tarde de julio. Tras de sí iba dejando su esencia, la huella del amor que emana de usted, como si fuera el propio brillo del sol. Sus ojos eran espejos. Su cabello se agitaba con el viento y sus labios parecían olas furiosas estrellándose contra las rocas.

De repente desperté; todo había sido un sueño. Pero aquí sigo, respirando su esencia: su brillo ilumina mi oscuridad, y he guardado su cabello y sus labios en el espejo de sus ojos, mientras sigo la huella de su amor.

Chicoras.

Los Angeles, California.

Agosto, 2015.


SU MIRADA

Bien, le cuento que en este momento estoy viendo su alma. No hace falta tener ningún poder para hacerlo; de hecho, creemos que es la manera más fácil. Digo «creemos» porque hablo por los tres: el corazón, la memoria… es decir, nosotros.

Miro su alma y ella me mira; se adentra en lo más profundo de mi ser, busca el rincón olvidado y vacío para llenarlo de amor y paz, para iluminarlo con esa luz suya e inundarlo de una alegría infinita, hasta desbordarse en mi sonrisa.

Al mirar sus ojos, vi su alma.

Chicoras.

Los Angeles, California.

31 de julio de 2015.